Claudia Laborda

Recién casados

Desde la ventanilla del avión podía observar el manto blanco y azul claro, como la espuma que se forma en la cazuela cuando el agua hierve ya tanto que busca salirse de ella. Matías temía quemarse entre aquellas nubes. Mientras los demás pasajeros observaban aquello como un paisaje divino o de ciencia ficción, él era un espagueti demasiado hecho, dando vueltas sin control.

Matías sale disparado de la cazuela y queda pegado a la pared. Evita a Maria, su esposa, ya nunca más su novia. Matías la observa con el vestido de novia ― sigue así en su cabeza ―, nunca pensó que el blanco fuera un color chillón. Maria, cansada y casada, prepara café para los dos, por fin el momento de tranquilidad y cotidianidad que estaban esperando, después de las doce horas de avión que dan por finalizado el viaje de novios. Maria utiliza la palabra esposo porque le parece divertida, « ten esposo, el café », lo decía su abuela cuando le servía café a su abuelo, y a Maria no sólo le parece divertido sino que la hace sentirse bien, porque ya es esposa. Matías bebe el café porque María se ha preocupado de hacerlo, pero sigue evitándola, y los comentarios de “ten esposo, el café” le irritan, por momentos no reconoce a María. Pero también él ha cambiado, también ha utilizado la frase “mi esposa y yo” o “los Bofarull” durante el viaje de novios hasta que ya no le pareció extraño. Ante aquella reflexión, Matías empieza a despegarse. El piso también ha cambiado, los regalos de boda han arrasado con la historia de aquel piso y su pareja, ahora todo brilla y huele a papel de regalo, y aquello les excita más que la cafeína: al marido porque sabe que tendrá que deshacerse de objetos propios y dar paso a los que pertenecen a ambos, a la esposa porque sabe que todos estos cambios podrán llevar a una discusión con su esposo. Ella es más resistente a los cambios, quizás porque no se da cuenta de lo que significan, él en cambio necesita tiempo y su esposa lo sabe, por eso deja que se quede callado mientras sorbe el café en la taza de NY que tendrá que tirar pronto. Las paredes también han sido pintadas de nuevo y repelen al novio, al amante y reclaman con su blanco roto al marido, al esposo. Matías ya se ha secado del todo y cae al suelo de una pieza, nuevo, brillante y duro, muy duro. Sírvase así como esposo.

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Pablo Gerschuni

Un par de pedales

La brisa le movía los rulos de la cara y le hacía cosquillas en la oreja. Unas gotitas de sudor de invierno tímidas que brotaban en su frente le mojaban los pelillos rebeldes del principio de su abundante cabellera. Rodolfo pedaleaba y pedaleaba, como si con cada vuelta de rueda disminuyera un poco el grado de cerveza en la sangre. El sillín le quedaba demasiado alto, siempre que iba perjudicado se lo ajustaba mal. Quería parar en el primer semáforo en rojo, bajarse de la bici y ponerse el sillín como tocaba, a la altura de la cadera, pero ese pensamiento se esfumó al sentir la brisa en la cara y al pensar en mirar siempre hacia adelante y en agudizar los sentidos al máximo. Sin embargo, no podía dejar de visualizar el beso que Carmen le acababa de dar, un beso frío, desganado, como con aspartamo. En cambio, la sensación de sobar su culo tierno y sus tetas turgentes mientras le respondía ese beso no le desaparecía de las palmas de las manos. En vez de líneas pintadas en la calle veía rajas de culos, y en vez de luces de semáforos veía grupos de tres tetas en vertical. Se estaba excitando y parecía demostrarlo con cada pedaleada.
Por fin llegó a su estación y, sin percatarse en nada más, colocó la bici en el ancla número uno. Para asegurarse de que todo estuviera en orden, pasó la tarjeta por el lector y en vez de salir el típico mensaje de que estaba bien, la pantalla versaba lo siguiente: “nos consta que tienes una bici en uso. Si no es así, ponte en contacto con nosotros y te solucionaremos el problema”. Entonces Rodolfo sacó el móvil y, en ese instante, recordó que dos horas antes, en el bar, se le había acabado la batería porque había estado enviándose mensajes con Carmen durante todo el día tratando de esquivar la cita. Al soltar un par de improperios y mirar hacia la bici mal anclada vislumbró a una morena de pelo largo con leggins y camisa ancha, media desabrochada, que llevaba a modo de vestido y le dejaba entrever el sujetador. Con una mano cogía una chaqueta y con la otra el móvil contra la oreja, estaba borracha y le había ocurrido lo mismo que a Rodolfo. Se le acercó y en voz baja y con señas le preguntó si le había pasado lo mismo. Ella le guiñó un ojo en señal de afirmación. Rodolfo le pidió que después de que acabara le dejara hablar a él, porque ya no le quedaba batería en el móvil. Ella volvió a asentir y siguió hablando con la operadora del bicing. Rodolfo se apoyó contra la estación y, mientras se liaba un cigarrillo, comparaba el culo y las tetas de la desconocida con el culo y las tetas que había tocado antes. La morena no tenía nada que envidiarle a Carmen. Rodolfo la estudiaba al milímetro y sin disimulo, gracias a la cerveza que había ingerido antes. La morena parecía darse cuenta porque se contorneaba mientras explicaba su problema por teléfono, o eso le parecía a Rodolfo, que ya iba más caliente que un hierro para marcar vacas.
De pronto la chica interrumpió sus fantasías eróticas y con la mano le ofreció el móvil diciéndole que ya podía hablar. Mientras Rodolfo conversaba con la operadora notaba como la chica se lo comía con la mirada. Rodolfo no podía disimular más la erección así que la atracción ya era obvia. Arreglar el problema de la bici ya le daba igual, dio los números correspondientes y colgó. Al devolverle el teléfono a la chica, sin dejar de mirarla a los ojos y dándose cuenta de que ella lo miraba fijamente a la boca, ella le dijo sin ningún tapujo que vivía en frente y que si quería podía subir a su casa a tomar la última copa. Rodolfo anonadado aceptó, dibujando una sonrisa picarona y levantando una ceja. Pero ella no quería subir a casa, lo había engañado, creía que bajo el pretexto de una última copa nocturna lo convencería para que se acercara a su terreno. A Rodolfo la copa le importaba un pepino. Ella lo condujo hacia su portal y a oscuras empezó  a refregarse contra él y a sobarle el paquete. Lo cogió de la bragueta medio abierta y se lo llevó a un rincón con aún menos luz. Después de follar en los primeros escalones, él recogió las monedas, el móvil sin batería y las llaves que se le habían caído antes de los bolsillos, se abrochó el pantalón, los botones de la camisa y se fue. Antes de salir, desde el portal, giró la cabeza y le preguntó su nombre para quedar bien. Pero ella ya iba por el primer piso.

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Pablo Gerschuni

Rodrigo y los uniformes

Qué iluso fue Rodrigo al pensar que nadie se daría cuenta. Tanto tiempo vestido de la misma manera en el trabajo que ya ni se planteaba que estuviera haciendo algo fuera de las normas establecidas. Nada en él desentonaba: pantalones del color apropiado, la camiseta también, zapatos negros…Quizá la suela blanca y su pelo despeinado podrían caer entre las reprimendas de los de arriba, pero nadie decía nada y todo parecía fluir con normalidad. Era un buen trabajador y eso es lo que importaba, o al menos eso creía él.
Pero el día del cambio llegó y la situación dio un giro de ciento ochenta grados. Los de arriba cambiaron y por consiguiente también las normas. Ahora todos debían ir vestidos iguales, nadie podía desentonar ni destacar. Una manera sutil de controlar a los empleados y de anular su personalidad, de disminuir el autoestima de la plebe para estancarlos, para mantenerlos a raya, en un estado de descontento continuo y desesperanzado en el que no se planteen las cosas, porque ya acostumbrados a la mierda, solo podrán aspirar a evitar el mal olor.
Aunque accediera a cambiarse los pantalones y a ponerse una camisa ridícula, Rodrigo no lo aceptaba. Necesitaba el dinero y en el fondo pensaba que solo era un uniforme. Se convencía de que no tenía importancia, pero realmente sabía que cada vez que fuera al lavabo y se viera reflejado en el espejo vestido como todo el mundo, se sentiría como un preso obligado a vestir el mono blanco de rayas negras; o como se sentía en el colegio de su infancia, adonde debía ir vestido con camisa almidonada, pantalón gris planchado, zapatos negros lustrados, con el nudo de la corbata bien hecho, con americana azul marino y la insignia del colegio en la solapa.
Sabía que poco a poco entraría en el estado letárgico en el que se encontraban sus compañeros, sabía que pronto inconscientemente dejaría de cuestionarse la obligatoriedad del uniforme, sabía que si no hacía algo, entraría en un periodo de estancamiento en su vida. Necesitaba pensar en una solución, pero el poder del dinero le pesaba. En el fondo, sus ansias de libertad se veían reducidas ante la fuerza de la necesidad del dinero. Este pensamiento le oprimía los pulmones y hacía aflorar en él lo peor de sí. Sin dinero, llevar o no uniforme pasaba a ser una cuestión superficial.
Sin embargo, llevar uniforme en realidad es una obligación a un nivel de las libertades personales que perfectamente podría extrapolarse y encontrar un símil en las obligaciones a niveles más amplios de la vida del individuo respecto a su sociedad. El problema es, pues, inherente a esta y entonces también a la persona. ¿Existe alguna solución? Desde luego Rodrigo no la conocía.

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Pablo Gerschuni

Primera unidad: presentémonos

―Hola, ¿qué tal? ―le preguntó Ute a Maksím con acento alemán en la clase de conversación.
―Así así ―respondió él pensando que apenas la conocía pero que no le importaría tirársela―, ¿y tú?
―También soy bien ―contestó Ute dudando entre el verbo ser y estar. Maksím no se dio ni cuenta del error, la comisura de los labios de ella lo desconcentraba―, me llamo Ute, soy de Alemania. ¿Y tú?
―Me llamo Maksím, soy ruso ―contestó mirándole las tetas de reojo.
―¿Mucho tiempo vives en Barcelona? ‹‹Quieres ir a tomar algo después de clase›› ―rumiaba él.
―He llegado seis meses atrás. ‹‹Me gusta el color de tus ojos››, ¿a qué te dedicas?
―Soy arquitecto ―le respondió mecánicamente, mirándola a los ojos e imaginándosela en pelotas―, trabajo en estudio de Barcelona hace nueve meses.
―¡Qué interesante! Me encanta dibujar casas. ¿Te gusta Melnikov?
‹‹Me la pela, lo que te va a gustar es lo que te voy a dibujar si vienes a mi casa›› ―Sí, me gusta. ¿De verdad te gusta dibujar? Podría aprenderte, si quieres ―le contestó Maksím.
―Sí, pruebas aquí ―le replicó Ute cogiendo la libreta de la mesa y acercándosela para que dibujara― ‹‹Me gusta tu barbilla, ¿tendrás novia? ››, dibujas algo aquí.
―Mira, yo a ti solo dibujo los cimientos. ‹‹El resto te lo dibujo mientras me estés mirando el ombligo››, ―pensaba Maksím en ruso.
―¿Que es semientos? ―le preguntó Uta confundida. ‹‹Capullo, tenías que haberme apuntado tu número››
―Es eso que primero se construyen de casas. Para que en futuro no se derrumben. ‹‹Rubia, no me mires así que te como la boca aquí mismo››, pensaba mientras por su boca salía una respuesta mundana.
―Vale, es que en Alemania damos otro nombre. ‹‹Así de pie estos vaqueros te marcan bastante paquete, y tienes los pulgares gruesos…››
―¿Y tú a qué te dedicas? ‹‹Paso de darte más cháchara, si te enrollaras conmigo te dejaría como el Arco de Triunfo››, ¿Vives sola?
―Soy diseñadora. Vivo con dos chicos españoles, uno catalán y otro vasco. ‹‹Pero nunca están, así que puedes venir a casa y te invito unas olivas. Mierda, no tengo alcohol››, ¿Y tú?
‹‹Vivo solo en un ático en la Ciutat Vella, tengo boquerones en la nevera y para hacer gintónic en el minibar, así que no me vas a poder decir que no›› ―Vivo solo en el centro. En casa hay las vistas muy buenas, si quieres…
―Chicos, muy bien. Habéis hablado muy bien. Enhorabuena. Por favor, para la próxima clase escribidme una redacción sobre vuestro nuevo compañero de clase. No más de trescientas palabras. Venga, hasta el jueves.

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Victoria Chauvell

El diálogo de los eggs

-Un día te escribiré un poema. Pero no diré nada positivo en él.

– Podrías titularlo “cosas que no hiciste mientras yo no estaba”.

-Voy a operarme las tetas, a Aaron le gusta.

-Ojalá existieran prótesis de la personalidad. Deberías ponerte una 95 de don de gentes. Igual te quedaba natural.

-Lo que pasa es que en el amor eres hipermétrope, no lo ves si se te pone delante.

-Ya. Tú en el amor deberías darte de alta como autónomo. Así nadie más podría despedirte.

-Gory tiene unas cejas pronunciadas con acento alemán y un pelo negro como la piel del mandinga. Lleva zapatos de ante del 36.

-¿De ante de la guerra?

-Querida, si buscas a tu media naranja ten en cuenta que alguien ha tenido que clavarle antes un cuchillo…Ya sabes que tengo un sentido del humor ácido.

-Yo también. Cómete este limón a ver si me hace gracia.

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Pablo Gerschuni

Con pelos y señales

Siempre he pensado lo bueno que es dormir en el transporte púbico. Eso sí, es una actividad con la que hay que tener un vello cuidado, ya que tu integridad depende tanto del transporte como del horario en que te duermas en él. En cuanto a mí, que soy capaz de contarle los pelos al diablo, disfruto mucho dando cabezadas en el tren. Ahora bien, hay que tener en cuenta los riesgos que uno puede correr. Verbigracia, pasarse de estación por los pelos, molestar al usuario colindante con la melena o simplemente llegar a destino y no darse cuenta de que se ha llegado. En este último caso, son muchas las veces en que yo puedo bajarme del vagón por los pelos, pero son más las que involuntariamente empiezo a viajar en dirección contraria.

Esto pasa porque la mayoría de los usuarios del transporte púbico están llenos de pelos de la dehesa, ¡ni los que van con las barbas por los suelos te despiertan! Pero no tropecemos con un cabello, no vale la pena. Lo dormido y lo soñado no te lo quita nadie. Así que, para mis barbas, durmiendo no se luce el pelo, ¡ni mucho menos! Es una de las actividades más útiles que uno puede hacer en los transportes púbicos. Lo digo sin pelos en la lengua.

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Victoria Chauvell

El Ramón en los tiempos del cólera

La nevera lo confesaba todo. La muy jodida había dejado escrita su despedida encima de la lista de la compra, coño, ¿es que no había un lugar más elegante para decir adiós? La nota rezaba así: ‘papel del culo, me voy para siempre. Espero que te vaya todo muy bien, cerdo enlatado, pollo del Lidl. Te quiero sardina en conserva. Maite.’ Lo había leído Ramón nada más levantarse, a las 11:43 como siempre, antes siquiera de haber pasado por el retrete a cambiar el aceite. La nota le había dejado indiferente. Ramón no estaba seguro de si el motivo de la frialdad con que recibía la noticia era, como siempre le habían dicho, su incapacidad para sentir nada, o sencillamente, sus ganas de ir a mear y cagar. La cuestión era que Maite se iba para no volver. Cosa difícil de creer, sin duda, pues era una de esas personas que extrañamente, están por todas partes, como repetidas, fotocopiadas. Pues eso, adiós muy buenas, Maite. Minutos más tarde, Ramón analizaba la situación. Ella se iba porque estaba harta de que él no saliera de casa, no tuviera interese ni expectativas, ni proyectos más allá del monótono día a día, de que no quisiera viajar ni visitar nada. Lo cierto es que lo único que Ramón estaba interesado en visitar era la nevera. Tal vez por eso ella le había dejado la nota allí. Este profundo pensamiento le sobrevino a la mente mientras se quitaba la mugre de las uñas de los pieses.

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