Claudia Laborda

Fiestas navideñas

Y ahora siéntate ahí, porque en Nochebuena uno se sienta donde le dicen, dónde siempre ha sido y será. Y la abuela ha preparado caldo con pelota de carne, y pollo y pasta y verdura. Qué rico. Quizás es especial porque es una vez al año y siempre está igual de bueno, es una celebración. Las manos frías se humedecen con el calor de la sopa. Huele a viejo en aquella casa pero es acogedor, a él no le importa, aunque su madre comenta a la abuela si ha ventilado ésa mañana. Parece una orden, la abuela conoce aquel villancico de cada año y aprieta la boca, se muerde la lengua, luego la mira y sonríe y le pide el plato para servirle. El tío cambia de tema. Pregunta por cómo les va todo, así en general. Bien, bien. No hay mucho que decir porque no hay mucha relación, aún está todo frío del largo año en que apenas se han visto las caras y sin preocuparse por ello. En el fondo no lo pregunta por preguntar, tiene curiosidad, y es lo que se hace en Nochebuena, hablar sobre unos y otros, reírse un poco, hacer memoria de las navidades pasadas y brindar por todos. Hay cierta sensación de acto ceremonial, de obligación en todo aquello, que cubre los rostros de todos los presentes, que se han vestido para la ocasión: Todos se besan al llegar y al irse, todos preguntan, todos dicen que está todo rico, todos se sirven vino, todos quieren irse pronto pero como siempre se hará la una, las dos, las tres y no habrá estado tan mal, habrá valido la pena el esfuerzo. Y la abuela ya llevará un rato dormida en la misma silla donde sirvió, apoyando su cabeza en su pecho. Todos se ríen de la abuela pero lo harán bajito para no despertarla, alguno como el tío se avergonzará de su comportamiento y se pondrá serio en seguida, despertará a su madre, que no querrá irse a dormir a su cama, porque quiere estar ahí donde están todos, donde está todo. Estará enfadada por haberse perdido cosas mientras soñaba, y cogerá la mano de su nieto para mantenerse despierta. Y él siente aquella manita caliente, los huesos clavándosele, le duele pero le da pena retirarla. Su madre se levanta y ordena hacerse una foto. Todos asienten y se levantan para acercarse a la abuela que parece no haber oído nada y se mantiene en la misma posición, con la mano agarrada a su nieto y mirando hacia la bandeja de turrones y polvorones, pero no parece mirarlos directamente sino que mira a ninguna parte. Él quiere que la abuela salga bien en la foto y le da unos golpecitos con su otra mano encima de la suya. La abuela gira su cabeza hacia su nieto, él entonces se acerca a ella: «una foto, abuela». Ella entonces mira hacia su hija, que está organizando a la familia, gritando a su hijo para que deje de hacer el burro. La abuela se ríe porque aquel genio le recuerda a su esposo. El tío y su mujer permanecen quietos, sin hablar pero observando. Por fin todo en orden y la abuela sigue despierta, rápido: Un, dos, tres y flash para la posteridad.

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