Victoria Chauvell

Barretina. Barre, Tina

Mientras todos repetían que el país se desmoronaba, ella se miraba el ombligo. ¿Cuánto tiempo hacía que no se lo lavaba? Se acordó entonces que de pequeña sus amigas se divertían llenándoselo de agua de la piscina. Tienes el ombligo como un pozo sin fondo, Victoria, y la frente ancha y la nariz chata. Lo cierto era que nunca se había tocado el ombligo porque le daba ‘cosa’. ¿Cómo es posible que no exista una expresión más precisa para definir esa sensación tan común? Dar cosa.
Ahora, todos hablaban de lo mismo: de caminos, metas, objetivos, de defender las tradiciones, de separatismos e independencias. Tocaba organizar la vida, sí, pero ella andaba perdida en una nebulosa que difuminaba las formas de las cosas reales, que le hacía imposible distinguir aquello que todos tenían tan claro que era la realidad. Porque estaba hecha de aire. Y era fácil darse cuenta cuando de repente se transformaba en huracán y arrasaba con todo y cuando otras veces no era más que una imperceptible brisa. Innecesaria.
Desde que naces te repiten que te laves la cara, las orejas y el ombligo porque ellos lo saben todo. Porque tienen una lista. A veces, al mirarse en los escaparates de las tiendas, un incipiente acné post-juvenil le hacía pensar en el transcurso inexorable de la vida y, como de costumbre, se alcoholizaba para recrearse en su adicción profunda a la melancolía. A pesar de todo, era feliz. Tanto como un cerdo revolcándose en sus propios excrementos, porque sabía que sentir la asfixia imaginando un mundo más justo no era ser pesimista, sino todo lo contrario.
Como a la mayoría de los niños, nunca le gustó la escuela, porque daban por hecho que uno era uno cuando ella siempre supo que eso no era verdad. Que uno no es uno sino varios, miles a la vez. Luego aprendió que una no era una sin ovarios. Pero eso era lo único que no contaba para esas cabezas calculadas. Ahora tenía que escuchar otras falacias.
-¿Por qué no te vas a otro país?, ¿por qué no te metes a secretaria de dirección?, ¿por qué no te sacas un título de todos esos idiomas que hablas? ¿Qué has hecho esta tarde?, ¿quién va a querer leer esas cosas que escribes? Te pasas la vida insatisfecha.
-Nada. No he hecho nada. He estado en mi cabeza porque a veces se me olvida cómo se vive. Tú lo sabes todo y yo ni siquiera sé cómo poner un pie detrás del otro sin hundirme en el pozo sin fondo de una página en blanco. Sí, en el pozo sin fondo de mi ombligo. Y no, no he visto ninguna de esas pelis ni he leído ninguno de esos libros de los que tanto hablas.
Y así fue su última conversación, entre otras cosas porque él defendía el independentismo catalán, mientras ella pensaba en fabricar condones con sabor romescu para que se los pusiera en el calçot mientras le preguntaba: Josep Maria, ¿t’has posat la barretina?

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Pablo Gerschuni

[…]

Daba igual si era invierno, verano o primavera; si era de noche, de día o por la mañana. El frufrú de los vestidos de seda, el tic tac del reloj de pulsera o las enfurecidas bocinas de la avenida que había debajo de su balcón. Todo aquello eran pequeñas minucias que Muriel desconocía. La ciudad era una armonía de movimientos, no de sonidos. La música eran vibraciones que el silencio dirigía. Sin embargo, y sin saberlo, gracias a ignorar los ruidos que amedrentaban a sus arrogantes conciudadanos, ella era, en silencio, mucho más feliz que ellos.

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Amanda Ruiz

Venjança

Estava furiosa. De vegades no t’entenc, no m’entens, no ens entenem. Era una barreja de ràbia i dolor, però, com sempre, em sentia més adolorida que enrabiada. Vaig obrir el llum, i allà estava. Es va aturar en sec, en mig de l’habitació, en un intent desesperat de passar desapercebuda. Massa tard, jo ja l’havia vista i no tenia cap intenció de deixar-la escapar. Aquesta vegada no.
Ens vam quedar allà, molt quetes, mirant-nos fixament. Dubte molt que aquell cos fràgil fos capaç de processar alguna cosa, però en cas contrari, estic convençuda que en aquell moment tota la seua miserable vida li estava passant pel davant. Jo en canvi no sabia ben bé com procedir. Havia de fer alguna cosa, i ràpid, o no tornaria a tindre una oportunitat com aquella. Però cap opció no em semblava prou bona i, sobretot, no em veia capaç de dur-la a terme. Ja estava a punt de claudicar quan, de sobte, vaig notar com el mòbil em vibrava a la butxaca. La certesa que aquell missatge no era teu feu reviscolar la ràbia que sentia.
I aleshores ho vaig veure clar. A la merda Gregor Samsa! A la merda les relacions kafkianes! En un moviment ràpid i heroic, vaig agafar una de les sabatilles que en la mudança no t’havies pogut emportar i la vaig aixafar sense pietat.
Extasiada, vaig deixar caure la teua sabatilla. Encara notava el meu cor bategar amb força, però lluny de sentir remordiments, unes ganes incontenibles de riure es van apoderar de mi. No em feia pena aquell coleòpter nauseabund, tampoc no havia mort en va. Per un moment, m’havia fet sentir poderosament indiferent als teus silencis intermitents.

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Pablo Gerschuni

Domingo de Rodríguez

Caminaban por una calle del Born, un domingo soleado de invierno. Hacía frío pero el sol encandilaba los ojos resacosos y los obligaba a esconderse tras las gafas de sol. No hacía falta abrocharse la chaqueta pero sí taparse el cuello para evitar escalofríos. Una grata melodía sincopada de guitarra y voz envolvía la atmósfera dominical de las callejuelas del barrio. Siguiendo la música, se acercaron a un brasileño moreno y de piel tersa, con ojos claros y cabello castaño rizado.
—Oye, me gusta como canta este tío.
—La musica brasileña mola mogollón, te tengo que pasar unos discos de João Gilberto. Por cierto, ¿te dijo algo ayer al final ese tío?
—Que va, que le den. Es más lento que un pedo en aceite. No se atreve ni a tocarme el culo. Y yo no voy a ir toqueteándole ¿sabes? Ya vale, lo miro todo el rato y lo cojo del brazo cuando vamos de bar en bar diciéndole “qué frío”. Que se espabile, hombre ya.
—Pero quizá tu tampoco estés muy ahí, ¿no? Si quieres algo pero no lo demuestras, claro que no va a pasar nada. Quizá te tendrías que insinuar un poco más. La coquetería es el arte de prometer sexo, o algo así. Tienes que coquetear, prometer y luego cumplir.
—No, la frase correcta es la coquetería es una promesa de coito sin garantía y lo dijo Kundera. Y eso es lo que estoy haciendo yo, solo que el coito por mi parte ya está garantizado. Y tan garantizado. Lo que pasa es que coqueteo más por deporte o por ego que otra cosa.
Lo que quiero es aprovechar el tiempo, tener sexo desenfrenado con un desconocido. Lo voy prometiendo pero no puedo cumplirlo, nadie se atreve.
—Ya, pero es que llevas tanto tiempo prometiéndole coito a este que al final ya no va a ser un desconocido, y para eso te follas a tu novio.
—Pero ahora no me apetece sexo con amor, sino sexo vacío y sin compromisos; lo que no quiere decir que me agobie o no me lo pase bien follando con mi novio. No me malinterpretes. Estamos en un punto en que nos podemos permitir de todo. Está todo tan viciado que necesitamos un cambio. O eso creemos, yo qué sé. Ya veremos. Venga, jajaja, y ya que has sacado a colación a Kundera, sigamos citándolo, ¿sabías que el muy cabrón dijo que el amor no se manifiesta en el deseo de acostarse con alguien, sino en el deseo de dormir junto alguien? Cómo me lió cuando yo era púber… En fin, ya tendré tiempo de dormir junto a mi novio cuando vuelva a la ciudad, ahora que estoy de Rodríguez quiero simplemente acostarme con alguien. Pero después del delito ni abrazos ni hostias, duermo para el otro lado, me voy a casa o lo echo.
—Bueno, sí. Mientras no te sientas culpable después, mira que la culpa es el peor de los sentimientos. Es capaz de destruir una pareja; corroe la relación poco a poco, debilita los cimientos hasta que quedan tan débiles que se desmoronan por sí solos. Oye, este moreno además de cantar bien me esta poniendo a saco.
—Cómprale un CD. No solamente es la culpa, también hay que saber manejar la memoria. Lo mejor es olvidar, autoconvencerse de las cosas que uno quiere creer y vivir con la consciencia tranquila. Eso es lo importante. Mientras estés haciendo lo que quieres hacer, adelante.
—Cómo le voy a comprar un disco por favor. Le dejo unos euros y un papel con mi teléfono. ¿Te imaginas que me llama? Me lo zumbo ese mismo día, jajaja. Además, lo de la memoria que dices es una estupidez, y solo hace falta hacerte una retrospección. Las cosas no se olvidan, se tergiversan. En nuestra cabeza las imágenes van mutando en formas y estas en sensaciones. Y esto es lo que al final recordamos. Luego las recuperamos en bruto y las pulimos y moldeamos según nos convenga. Pero la esencia del recuerdo permanece intacta, y eso no se puede manejar. Si lo que recordamos es una estatua de mármol, podemos recordarla de la forma que necesitemos, pero siempre va a ser de mármol. La culpa ya es otra cosa.
—Bueno, la cosa es que el capullo no me llama y no vamos a poder follar nunca. Al final no voy a hacer nada y mi libertad momentánea se va a ir al garete.
—Al garete dice… Lo que es yo, a este garoto le voy a dejar mi teléfono, oye.

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Victoria Chauvell

Negra sombra

Sus ojos la observaban por entre las rendijas de los dedos de sus pies descalzos, atentos desde la hamaca. De pronto, hubo un estruendo que salió de su corazón para alertar al resto de su cuerpo, como el ladrido de un perro rabioso ante la amenaza de una presencia extraña. La hamaca comenzó a chirriar movida por el impulso de su nerviosismo. El calor era sofocante. En la cocina, las gotas de agua se formaban tímidamente en el grifo, como lo hace el sudor en una frente acalorada por el verano, luego descendían con lentitud y se precipitaban al vacío hasta chocar contra la superficie fría del fregadero y perder la forma. Entonces, esa cosa giró la cabeza y la miró a los pies. Escuincla babosa. Una pepenadora marginal que dormía entre cartones y bebía sedienta del elixir prohibido que alguien había preparado en la noche para envenenarla. Sobre la mesa, un estratégico pedazo de fresa caramelizada desprendía el olor dulzón del cebo de la muerte. Al final, se cansó y cerró los ojos negros y una noche del mismo color se cernió sobre su vida cual ceguera repentina. En ese mismo instante, la oscuridad del caparazón de la cosa se derrumbó sobre sus patas. Después de siete horas, la luz se volvía a filtrar por las ranuras de la ventana de una habitación en el entresuelo primera. 

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Victoria Chauvell

Florita, la planta y la maldita

-¿A quién se le ha caído la planta al suelo? Gritó la maldita de Calixta.

-A mí no, contestó Florita levantando la ceja derecha en un gesto desafiante.

-Seguro que has sido tú, porque ya se lo he preguntado a Marcelo y Rosaura y ellos no han sido. Contestó la maldita de Calixta.

-Antes de acusar, deberías presentar pruebas, maldita. Le espetó Florita.

-¡La concha de tu hermana! Gruñó Calixta mientras cerraba la puerta de un portazo haciendo temblar las figuritas del mueble del salón, que con tanto esmero se había dedicado a limpiar mientras escribía su tesis doctoral.

Florita es tan hermosa. Pensó la planta. Si la maldita de Calixta supiera lo bien que me cuida cuando estamos a solas. Me da de beber, me limpia las hojas con un algodón mojado en leche. Me canta y me susurra sus cosas al tronco. Y yo ni siquiera tengo nombre, ni siquiera soy carnívora para poder lamer un trozo de su cara. Ay Florita, mi Florita… ¡me pones verdes! Quisiera plantarme en el jardín de tu mirada para siempre, ser un alga en las profundidades del mar negro de tus ojos…

La planta tenía la sensación de haber vivido siempre así, en esa linea invisible que separa lo que somos de lo que realmente queremos ser. Delante de ese precipicio en el que uno siempre se siente tentado de adelantar un hoja. ¿Caerse o mantenerse en el límite?, ¿vivir o imaginar la vida?, ¿hundirse o flotar? La eterna disyuntiva que la perseguía desde semilla como una sombra.

Sumergida en estos pensamientos estaba cuando la maldita volvió a entrar en la sala barriendo el suelo con sus zapatillas de andar por casa. Voy a prender la estufa, dijo como justificándose por algo. Y entonces puso el gas en ‘on’, empezó a presionar el botón de encendido repetidamente con la mano izquierda mientras con la derecha mantenía apretado el regulador de temperatura. Ya está, dijo la maldita.

No pasaron ni cinco minutos cuando la planta, que estaba en la mesita delante de la estufa, empezó a sudar. Dios, qué calor, estúpida Calixta, ¡apártame de aquí! Al cabo de media hora, la planta empezó a gritar y entró en estado de pánico. Se dio cuenta de que se estaba marchitando por el lado izquierdo. “Estúpida Calixta. Florita, ¿dónde estás? Sácame de aquí. Sálvame”. Gritaba la planta desesperada.

Sentía la muerte descender por su tronco hasta las raíces. Sus hojas empezaron a volverse amarillas y a caerse. Dios, debo de parecer un sauce llorón. No quiero que Florita me vea así. No quiero que esta sea la última imagen que tenga de mí. Florita, mi amor. Mi Flor.

-¿Qué hace la planta al lado de la estufa?, Dijo de pronto Florita. Pobrecita ven conmigo. Maldita, me llevo la planta a mi habitación que le de un poco la luz del sol. Aquí dentro está tomando el aspecto de un sauce llorón.

Esa noche durmieron juntas.

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Pol Camprubí

Durham, 1877

La boirina espessa creava un mar blanquinós als seus peus, impedint que poguessin veure el terra pràcticament.
– Això em recorda aquella vegada a Durham, el 1877, hi havia una boira molt semblant i els cavalls… – Va començar a explicar ell.
– Però tio..! Si tu no havies nascut al segle XIX, ni has estat mai a Durham! – Li va respondre l’altre, tallant-lo empipat i fart ja.
– I què?
– Doncs que això no et pot recordar una situació en què ni existies…
– Irrellevant.
Li encantava tirar-se el rollo, despenjant-se amb anècdotes oníriques. Els que el coneixien ja li seguien el joc o li paraven els peus de cop, si n’estaven massa farts; però quan ho feia davant d’algú que no el conegués gaire, descol•locava completament el personal. I quan no era una anècdota que suposadament havia viscut ell en persona, es tractava de les teories més rebuscades, sempre narrades i comprovades empíricament pel gendre del cosí de la mare d’un amic molt proper del seu tiet. Vaja, informació de primera mà.
– Bah… A prendre pel cul. – Li va etzibar l’altre, abans de deixar-lo allà plantat.

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