William Bain

Waking

Waking in mid line for

all I know no channel’s

haze skew brightness pedals

ratchet otherwise only to some

greater or lesser ex a Platonism

become ort-like neurolopathol

studies in demotacademe

overnight my tired brain

one panel clicked up

see size increase

might read waking in mid line

etc. and denote

and connote

lawn in need of mowing

apple tree pruning

a collection if not set

of brains popping i’s looking

at i don’t know a tiny

dinosaur taking wing as from windowledge

i attempt to get my self

level backwards to skill

posts in today’s sandbox

tracer cookies to go live

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Amanda Ruiz

Un mariner en busca d’autor

Vaig deixar un home sol al bell mig de l’oceà. De l’oceà Atlàntic. Al principi no m’ho podia treure del cap. Cada nit, tancava els ulls i allà estava, en mig d’aquella massa immensa d’aigua blava i salada. De vegades el veia content, el vent bufava al seu favor i avançava ràpid. Somniava que deixava enrere els seus rivals, i que arribava entre els primers. I allà, a Les Sables d’Olonne la seua dona l’esperava amb les cames tremoloses, entre orgullosa i cansada d’aquell malson. Però altres cops, aquelles vint-i-dos mil milles es convertien en un veritable infern per a l’agosarat mariner que pretenia donar la volta al món sense fer escales, sense rebre cap tipus d’ajuda externa.
Aleshores em venien al cap les velles histories de finals dels seixanta, quan el Sunday Times va proposar un repte molt similar: El Golden Globe Challenge. Segons deien, dels vuit participants solament un va acabar la regata i ho va fer després de tres-cents dotze dies navegant a una “velocitat” mitjana de menys de quatre nusos. Desesperant. Però aquest no podia ser el meu mariner, no li volia cap mal, però no me l’havia imaginat britànic. O potser si? També estava la llegenda de Donald Crowhurst, que quan va descobrir que amb el seu trimarà mai no podria travessar els mars antàrtics, va decidir falsificar els informes de ràdio. Això ja m’agradava més, ho veia més humà. Un mariner inventant navegacions fictícies al sud de l’Atlàntic. Llàstima que no pogués suportar la idea de reconèixer la impostura un cop arribat a terra, i decidís llençar-se a la mar després de set mesos de navegació.
I tanmateix, jo sabia que el meu mariner no podia fer trampes perquè pertanyia a una altra generació, on hi ha controls per satèl·lit que permeten ubicar-te a cada moment. Potser era aquell que en l’edició 96-97 de la Vendée Globe feu mitja volta per rescatar a un company que s’estava enfonsant… Encara que per alguna raó el veia més a prop d’aquell americà que va desaparèixer engolit per les aigües abans de començar la regata. De vegades, fins i tot, el veia arrossegat per una ona gegant, i el seu vaixell buit flotant malgrat tot amb el gènova trencat. També podia haver estat aquell canadenc, el vaixell del qual va aparèixer a la costa de Xile, però sense deixar rastre del seu cos.
Pobre mariner… Per què l’havia d’abocar a un destí irremeiablement tràgic? Calia matar-lo? Podria descriure’l simplement barbut, menjant algues i plàncton un cop acabades les reserves. O heroic, com el basc José Luis Ugarte, que va veure el rostre de la mort en algun punt de l’Antàrtida, però al final se’n va sortir. I amb únic pensament: tornar a sentir el pes de la llibertat i la soledat més extremes.
Al final no vaig saber què fer amb ell, i és per això que vaig acabar per deixar un home sol al bell mig de l’oceà. De l’oceà Atlàntic. Però em sap greu, i des de la meua posició dèspota de narrador omniscient, vull demanar perdó a aquest mariner atrapat en mig d’una regata infinita. Aquest mariner sense història que va estar a punt de ser un personatge.

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Pablo Gerschuni

Las prioridades y la soledad

Veinticinco años he tardado en darme cuenta de que en realidad estamos solos. Solos en el sentido más puro de la palabra. Siempre nos rodeamos de gente que nos quiere y que queremos, y si tenemos suerte, tendremos una familia que nos ofrecerá amor incondicional, aunque esto no siempre es así: la familia está sobrevalorada. Realmente lo importante, los que te marcan, los que te definen de cierta manera son las personas de tu familia más cercana, aquellos con los que te has criado. Sin embargo, tarde o temprano estas personas pasarán a un segundo plano, porque formarán parte del pasado de la vida que te estés construyendo. Serán los cimientos de tu día a día. Pero estarás solo. Entonces te empezarán a marcar tus amigos, tu entorno; con ellos también pasa algo similar, y no pongo en duda el cariño ni el amor como sentimientos, que no me malinterpreten. Lo que hay que reconocer es que cada uno vela por sus intereses personales en función de la vida que quiere llevar. Eso es entendible, pero a la vez, nos destina a la soledad. Siempre dicen que venimos solos al mundo y que solos nos morimos. No me gusta el tono catastrófico ni pesimista de esta afirmación, pero quizá lleve algo de verdad. A mis veinticinco años me he dado cuenta de que a partir de ahora estoy solo en el mundo. En mi mundo, entendiendo mundo como la vida que he elegido. No sé qué pasó en mí, quizá fue una revelación interna, pero antes no lo sabía, tal vez por culpa de la rutina de la juventud. No obstante, sé que ha sido mi elección estar solo, eso sí, rodeado de las personas que yo quiero, que yo amo, y con las que el sentimiento es recíproco. Esas que sin duda estarán ahí para mí cuando las necesite, pero que me ayudarán solamente si pueden, si el rumbo de sus vidas se lo permite. En definitiva, solo si entro dentro de sus prioridades. Es normal que antepongan el éxito, el dinero, o incluso el amor a la amistad. La amistad hoy en día está infravalorada, la hemos tergiversado. Por eso estamos solos, porque cuando alguien te necesita, tu escala de prioridades te puede jugar una mala pasada y entonces el sistema social muestra la hilacha. Deja entrever su escuálida estructura aguantada con alambres. Y una vez te das cuenta de que bajo esa estructura, que es tu círculo de amigos, hay un alambre dispuesto a ceder ante las prioridades de cada una de las personas que te rodea, entiendes que, al fin y al cabo, estamos solos. No me considero pesimista, sino realista, y si la realidad asusta, entonces es responsabilidad de cada uno interpretarla como quiera. Creo que es mejor ser consciente de lo que hay para evitar llevarse desilusiones y albergar expectativas que puede que no se cumplan. Estamos solos y punto.

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Claudia Laborda

La muerte de la madre

Pronto se acostumbró a su olor putrefacto.

Su madre está sentada en su sillón de toda la vida, que tenía su forma, la forma deformada del que se queda dormido sentado y deja su cabeza al amparo del mueble, las piernas de lado, juntas, los brazos en los reposabrazos.

Su hijo observa a la anciana madre, que parece dormir. Su rostro es más blanco que el de las paredes y la boca está abierta en “O”, una boca exageradamente abierta, torcida, abandonada al juicio de aquella mueca, la última mueca, por parte de los demás, de los vivos, en este caso su hijo.

¿Y ahora qué? Se pregunta el hijo, que ya es adulto, incluso mayor, pero que queda huérfano de repente, su madre ha sido muy importante en su vida. Pues no sabe cómo responderse, no quiere responderse, no acepta esa pregunta, su madre sigue en el sillón, como siempre. Mientras pueda verla, todo seguirá igual.

El hijo se queda en casa de su madre porque alguien tiene que cuidar aquel cuerpo abandonado. La baña todos los días, la viste y de vuelta al sofá; limpia la casa, pone su programa favorito y le da un beso de buenas noches en la frente fría. Se acostumbra a su olor putrefacto, es olor de su madre, no le debe molestar, pero pasan los días y cada vez es más intenso y por mucho que lo intente eliminar sigue ahí. Los cambios físicos cada vez le asombran más teniendo muchas veces que marcharse y dejarla sola, a su pesar.

Parece que ya no la reconoce, ya no la ve, quiere verla pero si fija la mirada más de un segundo el cuerpo se revela como lo que es, o lo que ya no es, lo que ha ocurrido, ¿qué ha ocurrido, hijo? tu madre ha muerto y aquel cuerpo seguirá cambiando y oliendo cada vez peor. El hijo empieza a llorar, por primera vez. Ahora siente la ausencia de la madre, llora durante horas, sin que nadie le moleste, sobre el regazo del cuerpo, luego se aleja y cierra la puerta del comedor, ya no quiere ver más ni oler más. Así, el hijo marca el teléfono de emergencias: “Mi madre ha muerto”.

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Pablo Gerschuni

El destino ineluctable

Después de volver derrotada, pero digna de la aventura nórdica, todo cambió para siempre. Dentro de él algo había hecho clic y ella se había dado cuenta, pero había decidido ignorarlo para hacerle creer a él que todo iba bien y como antes. Ella, sin embargo, tenía el presentimiento de que su relación no funcionaría por mucho tiempo más. Por eso había decidido no aparecer por su anterior trabajo, ni quedar con ninguna de las amigas que había manipulado hasta conseguir que fueran sus súbditas; no quería que nadie le descubriera el fracaso en su mirada retorcida.
No salía del piso de sus padres si no era para quedar con él. Hacían juntos absolutamente todo, aunque él pidiera a gritos sordos espacio para meditar los últimos tres meses, necesitaba aclarar las cosas en su cabeza. Ya había conseguido olvidar a esa que antaño lo había dejado por el novio. Mientras tanto, pensaba en todas sus otras ex; recordaba que entonces todo era mejor, aquella época dorada que disfrutaba antes de la treintena… pero volvía al mismo pensamiento, cuando por error conoció a ese último amor, no correspondido. Ese encuentro había sido el inicio de la decadencia paulatina en que se encontraba ahora mismo. Se le notaba en los ojos y su actual novia se daba cuenta cuando hacían el amor. Por eso ella no quedaba con nadie, para todo el mundo era como si aún estuviera de viaje.
No obstante, se pasaba las tardes espiando en Google a aquella pérfida, cuyos vestigios no la dejaban conectar con el corazón de su novio. Incluso comprobaba compulsivamente sus últimas conexiones al whatsapp. Además, como eran conocidas, no paraba de mirarle las fotos del Facebook, a las que podía tener acceso, para copiarle el estilo, la ropa, el pelo, y hasta la pose con tal de quitarle esa mirada lúgubre a su novio y mostrarle una versión mejorada de sí misma. Lo único que quería era estar bien con él de una vez por todas.
Había conseguido aislarlo hasta tal punto que ya no le quedaban más hilos por mover para conseguir sus objetivos. Le había salido el tiro por la culata. Ya había conseguido que todos los amigos de él la aceptaran, y sabía que por ahí no habría peligro de malas influencias o de comentarios corrosivos. No entendía lo que estaba pasando. Incluso acudió a la cena de Navidad de su ex empresa para que sus antiguas amigas-marionetas la vieran del brazo de él, para fingir y dejar claro que todo iba genial. Digna pero sin garbo, con una sonrisa estudiada que escondía los dientes, y esa mirada, tan típica suya. Pensaba que se encontraría con la otra, porque había visto en Facebook que había vuelto a la ciudad por Navidad. Se había preparado un diálogo anodino y todo. Pero la otra no había acudido porque a los amigos que tenía en la empresa ya los había visto antes. Él también los conocía a todos porque antes trabajaba en esa empresa, que fue donde nació este infame triángulo de amor, envidia y arrepentimiento. Aquellos que mejor lo conocían se dieron cuenta enseguida de que algo no iba bien y, pese a los poderes manipuladores de ella, sabían que iban a ser la comidilla del café. Ese detalle se le escapaba a ella, porque creía convencida que sus antiguas amigas extenderían aquellos cotilleos que ella les contara.
Lo que no sabía, es que todo había cambiado y ya no la tenían en el pedestal en que estaba antes. Pero en el fondo sabía que algo no iba bien, y su mirada estrábica ya no sabía qué hacer ni cómo conseguir lo que necesitaba. No era capaz de salir del bucle de envidia, rencor y resentimiento, y él la seguía mirando de la misma manera.

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