Victoria Chauvell

La indiferencia

Las lágrimas se precipitaban sobre el hule de flores de la mesa del salón provocando un sonido lento pero incesante. Había cerrado una puerta y esta vez lo había hecho dando un terrible portazo. Se atrapó los dedos casi de manera intencionada y fue todo tan rápido que en ese momento no sintió nada. Como una película donde el audio y el vídeo no están sincronizados y las imágenes van más veloces que el sonido, ella era incapaz de percibir el dolor en el acto, como si estuviera anestesiada desde hacía tiempo. Pero empezó a sangrar, y así tuvo la evidencia de que se había hecho daño. Las gotas tiñeron de rojo las flores blancas del mantel, intentando hacer de aquello algo bonito, como si se tratara de una broma pesada. Estaba sola y era consciente de que sentirse comprendido es siempre una ilusión.

Quería verlo una vez más. El deseo se había convertido con el tiempo en un fantasma, en una preocupación persistente. Necesitaba verlo y saber que no era él, quizás para darle la razón al mundo entero, cuyo infantil criterio sobre lo que está bien y lo que está mal parecía permitirse el lujo de decidir por ella. Y así nació la frustración y comenzó su particular declive sentimental, se tornó invisible y frágil como una fina pantalla de cristal, transparente como una gota de agua y se abandonó hasta el punto de parecer una burla de sí misma, una caricatura maliciosa hecha por un ser que la odiaba. Lo peor era que todo parecía enviarle señales para recordárselo.

En el fondo, lo que no la dejaba vivir y la atormentaba era haberlo matado de aquella manera, lanzando cuchillos a ciegas. La fiesta de ese viernes era una mierda, el cava estaba asqueroso y mientras unos descorchaban botellas y se reían de cualquier cosa a su lado, ella se sentía desfallecer poco a poco, lentamente. Por otro lado, la indiferencia de él la asfixiaba. Pero también sabía que su desdén ocultaba un fuerte nudo de emociones. El mundo es para los valientes, se repetía a veces, y no hay mayor signo de coraje que el atreverse a mirar dentro de uno mismo, en las entrañas, ahí donde se gestan los sueños. Por complacer a los demás olvidó asomarse y se calentó tanto que sus sueños ardieron provocando un incendio feroz. Se le olvidó por un momento que el cerebro vive en el corazón y que sólo así se toman las decisiones acertadas. Entonces pensó en tirarse a la piscina con los ojos cerrados sin saber si estaba vacía o llena con un acto de confianza desmedida, como quien se deja caer hacia atrás aun albergando el temor a que su compañero esta vez no ponga las manos para sujetarlo. Estaba confundida y tardó en entender, como una niña cuando vive su primer desengaño, que hay conversaciones que en lugar de abrirte los ojos te ponen una venda en el corazón, lo estrangulan y lo dejan ciego. Casi como un acto reflejo movido por la mano de un autómata, había lanzado cuchillos sin mirar, pero uno de ellos lo había atravesado a él y al ver esas malditas flores en el mantel, sencillamente lo había comprendido. Entonces se cayó la venda que le apretaba el corazón, se acabó el efecto de la anestesia y solo así, empezó a sentir con intensidad las terribles heridas que ella solita se había hecho.

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Pablo Gerschuni

Juego de miradas

Conocía perfectamente las reglas del juego, hacía ya tres años que jugaba. Sin embargo, no podía evitar hacer trampa. Cada vez que subía al bus, al metro o al tranvía, encontraba a un chico del que enamorarse; era así: un amor fatuo. Un día, al buscarlo fugazmente con la mirada, se topó con unos sabios y profundos ojos ignorados, que con un destello, y sabiendo lo que los de él escudriñaban, le dijeron que ya era suficiente. Ese mismo día, al llegar a casa y acurrucarse entre los brazos de su novio, entendió que con el amor no se apostaba.

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