Pablo Gerschuni

El pescado original

Timothy era un salmón noruego, cuyo cardumen pasó un 29 de febrero por la corriente equivocada. Como de costumbre en aquel organizado cardumen, los peces nadaban diligentes de un lado al otro: unos en busca de comida, otros abriendo camino, otros vigilando; pero Timothy, que se hacía el sueco, era el rezagado, era el ancla de la sociedad del salmón.
Albano era un italiano afincado en Barcelona que vivía en la impureza porque no lo habían bautizado. Sus padres no lo habían querido purificar del pecado original. Era ateo y comunista y, aunque su abuela había instado a sus padres a que comulgara, no tuvo ni pizca de relación con la iglesia. La única hostia que probó en su vida fue un 13 de agosto, cuando un cristiano se la metió doblada, en los dos sentidos. Sí, porque además de ateo y comunista, era gay.
Timothy, aun siendo el hazmerreír de su cardumen, era el elegido. Sus antepasados habían sido antaño los reyes de los mares del norte y, por ende, por sus venas corría la sangre azul divina de los peces vikingos. Pero ese día tuvo la mala suerte de verse capturado por un humilde y pestilente barco pesquero danés, en el que estuvo junto a otros salmones en una piscina de hielo, hasta que lo llevaron a la lonja, desde la que, ya moribundo, fue trasladado a una fábrica para descuartizarlo y exportarlo.
Albano había aprendido a cocinar salmón a la plancha siguiendo una receta en que la carne quedaba tan tierna que se deshacía en la boca. Mientras se la preparaba a Llorenç, un ligue que había conocido por el Grindr, que venía a tomar algo y “a ver su colección de discos”, se imaginaba cómo acabarían deshaciéndose sus carnes en el sofá después de tamaña ingesta de omega tres.
Aunque Timothy estuviera repartido por todos los supermercados de España, con fecha de envasado 4 de marzo, el poder sagrado de su sangre divina permanecía intacto bajo el film del embalaje. La receta le quedó exquisita, la carne se deshacía en su boca, cual premonición de lo que ocurriría en el sofá. Albano se comió a Timothy y con él, el pescado original. Sin saberlo, acababa de asistir a su primera misa, y de paso había sido bautizado por las coincidencias. Timothy era la hostia sagrada y Llorenç, a borbotones, le proporcionaba el agua bendita. La ceremonia no acabó sino hasta que Albano expulsó a Timothy de su cuerpo y entendió que su abuela tenía razón, que el camino de Dios era inexorable.

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