Pablo Gerschuni

La mujer de papel

Se escondía tras una melena rizada, unos ojos cristalinos y una personalidad avasalladora. Así conseguía que a su entorno le pasara desapercibido su desequilibrio emocional. Había aprendido a domar y a aprovecharse del universo masculino. Una de sus estrategias era reflejarse en las pupilas de los hombres con los que se acostaba, para analizarse y mejorar la imagen que quería mostrar al mundo, como si en ellas estuviera la verdad absoluta. Bien en el fondo, sin embargo, sabía que se mentía y que no era muy sano psicológicamente este modo de desenvolverse en la sociedad. Sus amigos le alimentaban esa palpitante fiera que llevaba dentro, con piropos y riéndose de sus comentarios, ya que casi ninguno de ellos se daba cuenta del frágil estado emocional en el que se encontraba. Muchos la creían cartón pluma, pero se quedaban perplejos al descubrirla celofán. Nadie se atrevía a revelarle lo evidente. Un amor pasado la atormentaba y la privaba de enamorarse otra vez, haciéndole caer en encaprichamientos fugaces disfrazados de amor. Culpaba a su vagina, pero la responsable era su memoria. Las barreras y los obstáculos se los ponía ella y, sin saberlo, se estaba convirtiendo en un papel arrugado, desechado en la papelera de un escritor indeciso. Cuando lograba salir de allí y desplegarse en plenitud, mostraba las rayas de las cicatrices de tinta que le habían perpetrado en el pasado, y no lograba conseguir lo que anhelaba. Con cada desencuentro se rasgaba un poco más y temía acabar en el contenedor azul, pero seguía reflejándose en el negro de las pupilas y no era capaz de cambiar de hábitos. Eso la atormentaba. Además, entre las arrugas de la mala vida y las colillas mal apagadas después de esas mil y una noches, ignoraba la posibilidad de que una chispa la acabara encendiendo y convirtiendo en ceniza. La mujer ceniza. Lo que tenía que hacer, pero aun sabiéndolo no se lo planteaba, era borrar a aquel primer amor para encontrar la tinta que llenara esos renglones otra vez. Eso era lo que necesitaba, una buena raya de tinta para dejar de reflejarse en ojos vacíos y equilibrar su estado emocional.
Pero aunque fuera lo que más quisiera, se entregaba al caprichoso devenir para que le generara a su antojo la sucesiva concatenación de páginas del libro de su vida, cuyo final aun estaba por escribirse.

Estándar
Guerau de la O

Fariseo

El final estaba siendo, como mínimo, frustrante. Retar a Dios es muy arriesgado y normalmente decepcionante. En el espigón del puerto de Cambrils el agua estaba helada, cosa que era de esperar a finales de febrero. A Rosend Cotonat le estaba pasando la vida por delante de los ojos en cuestión de segundos. Más que por tópico, por lo aburridísima que había llegado a ser. Y era ahora cuando él se daba cuenta. Las pocas imágenes que resumían su existencia hubiesen podido repetirse sin cesar una y otra vez. Eso le decepcionaba aún más. Retaba a Dios para que le demostrara su amor infinito, y del agua no lo sacaba ni Cristo. Se cagaba en la mar, literalmente, y en la virgen, por abandono. Eso de adorar a una mujer jurando voto de castidad, se le suponía una broma de mal gusto.

El agua lo embestía sin orden ni concierto, arremetiéndole contra las rocas y provocándole un dolor blando en las rodillas que le subía hasta el espinazo. Intentaba llorar, pero no lo había hecho en su vida y ante el temor que se le hubiera cerrado el lagrimal, culpaba a sus padres por haberle mal guiado hacia una vida que ni quería, ni le gustaba y, a la vista estaba, no aprovechó. Fue el quinto de seis hermanos, en un pueblo perdido del Pirineo, rodeado de cabras, cerdos y gallinas. Como mandaba la tradición, no tardaron en internarlo en un seminario. A los once años dejaba las montañas para incorporarse a la legión de la iglesia. Cambió el frío de las heladas hibernales, por la humedad de los dormitorios comunales. Ahí empezó todo y así acabó en el Cementerio de los elefantes, que era como llamaban en petit comité el resto de hermanos a la Casa del Retiro de Cambrils. De su pueblo natal sólo se llevó el mal humor de su padre, el conformismo de su madre y el odio a la resignación. Un triangular cimiento desde el que erigió su personalidad y lo convirtió en estandarte de su actitud. Odiado por muchos, despreciado por bastantes y arropado por interesados, cambió el tópico de la misa por la sotana de la docencia. La escuela de La Salle se le suponía un remedio a la desdicha, aunque resultó un simple parche al paracaídas de la inexorable caída libre hacia la decepción. Ni le gustaba explicar cosas, ni se realizaba enseñando, ni le gustaban los niños y mucho menos las niñas. No tenía vocación, estaba claro; y eso le importaba un pimiento, más claro aún.

Pronto le asignaron tareas fuera del aula. Organizaba horarios, cuadraba actividades, distribuía espacios… Cualquier cosa que le mantuviese alejado de sus compañeros de celibato, a los que consideraba gilipollas a algunos, por su ferviente dedicación, y competencia a otros, por su oportunismo. Así pasaban los años, monótonos, repetitivos y constantes. Como un loro, repetía las pautas clericales inducidas en lo más profundo de su cerebro, sin titubeos ni cuestiones. Como un autómata recitaba los salmos que hicieran falta, las oraciones que se necesitaran y las reprimendas oportunistas con trasfondo evangélico que se terciasen. Era un artista de lo cristiano y una enciclopedia de lo sacro, pero como un sepulcro blanqueado por fuera y lleno de podredumbre en su interior, odiaba y despreciaba cualquier cosa que le aconteciera en su vida, por lo que deducía hoy, aburridísima.

Así decidió acabar, poniendo a prueba al Señor. Sin planes ni oraciones, sin estrategias ni peticiones. De golpe, a saco y a traición. Como prueba. A ver si realmente su vida había tenido sentido alguno y que se le demostrara, por partida doble, el amor que merecía y si el Señor estaba pendiente de él. A la vista de la situación empezó a dudar de la omnipresencia, que eso de que estaba en todas partes no era verdad, que debía estar, si acaso, en algunas y que, tardando tanto, no debía ser en la suya. La ropa mojada y los zapatos le arrastraban hacia el fondo y cada vez le costaba más reconocer la superficie del agua. Esperaba ver una luz blanca, un túnel y una puerta dorada, y solamente sintió un colapso mental, un “tilt” de pinball ochentero. Pensó  en su epitafio y no encontró nada por lo que le pudieran recordar. Ningún acto digno de mención en la memoria escolar de ese año le venía a la cabeza. Su existencia no había dejado rastro ni para bien ni para mal. El desengaño terminó sumándose a la mala suerte de su itinerario vital, concluyendo, como desafortunada moraleja, una existencia totalmente inútil.

Estándar
Pablo Gerschuni

Un minuto y dieciséis segundos

Pedro alzó la mirada. «Proper tren 01:19». Era el momento. Esta vez no podía dejar escapar la oportunidad, lo había ensayado mucho. Todo estaba cronometrado, menos sus nervios. Miró hacia las vías para disimularlos, pero ya había llegado la hora. «01:16». Clavó sus ojos en los de Marc y desató el nudo que le apretaba la garganta:

–No te creo nada, nada de nada. Antes me has dicho todo eso para que en realidad pensara que aún no me has olvidado. Quizá porque necesitabas demostrármelo. Y es que, con las cosas que te he dicho durante todos estos meses. Pero es que todo eso no era verdad. Tal vez tus palabras ahora tampoco lo hayan sido. Me parece que no te das cuenta de que yo sé que esperas que me las crea sólo para mantener la esperanza con vida, aunque sepas que no ya no tiene sentido. Sé que quieres mantenerla, aunque solo sea por necesitar que yo piense que estarás ahí para salvarme, para sentirte importante en la vida de alguien. Pero los dos sabemos que es una gran mentira. Lo es desde el momento en que nos dijimos adiós. Lo nuestro nunca ha pasado la frontera del deseo, ni cuando estábamos juntos. No te creo, ya no te creo. No puedo pensar que estarás ahí. Me doy cuenta de que lo dices para quedar bien. Pero me da igual, no nos engañemos, que ya estoy harto de fingir. Que sepas que tu camiseta la regalé, los calcetines los perdí en un viaje y tus cartas las reciclé. El otro día vi que hiciste lo mismo con mis recuerdos. Lo sé. Por eso no te creo cuando me dices esas cosas, porque estás haciendo exactamente lo que yo he estado haciendo contigo. Sé lo que pretendes y no estoy dispuesto a darnos otra oportunidad, así que cortemos esto de raíz. Adiós.

Las puertas del metro habían dejado de pitar y ya empezaban a cerrarse. Pedro pestañeó y rápidamente se abalanzó hacia el interior del vagón. La puerta se cerró tras él rozando su melena, que apoyada contra el vidrio no se movió hasta la próxima estación. Marc se quedó perplejo, solo, de pie en el andén, viendo el metro alejarse en dirección Fondo, sabiendo que con él, se iba el que podría haber sido el amor de su vida.

Estándar
Claudia Laborda

Transbordo

Como cada San Jordi, Marc compra in extremis las últimas rosas que le quedaban a la señora despeinada de la boca del metro. Llega tarde a la cena romántica con su novia, que lo está esperando con un libro que ella misma ha envuelto con esmero, como cada año. Marc corre por el largo pasillo del transbordo de Paseo de Gracia.

Pilar atraviesa tranquila el transbordo. No tiene prisa. Nadie le ha regalado una rosa, ni tan siquiera de las electrónicas que se envían por whatsapp. Cuenta las chicas con las que se va cruzando y llevan alegres o indiferentes una rosa. Se recrea en su tristeza escuchando a Ray Charles. Marc y Pilar caminan en sentido contrario y chocan violentamente a mitad del transbordo. Rosas aplastadas entre los dos cuerpos. Durante unos segundos hay silencio entre la multitud, que crea un espacio a su alrededor, pero nadie se detiene. Marc se disculpa repetidamente, Pilar sonríe tímida negando con la cabeza, hay algo en él que le gusta y el dolor en las costillas de aquel choque desaparece. Marc observa el desperdicio de rosas en el suelo, los transeúntes pisándolas… Nada que hacer. Mira a Pilar y sonríe. Ella también sonríe, y cree que ha surgido algo entre ellos. Marc observa el cabello de Pilar, que es rizado y rubio y acerca la mano. Pilar se sonroja y ladea la cabeza, tímida. Observa sus manos grandes y blancas, huele la colonia fresca. Le gusta. Marc estira con cuidado varios cabellos. Pilar se decide a dar un paso y acerca su mano hasta tocar su brazo, cariñosamente. Marc estira más del cabello de Pilar y desenreda una rosa. Marc observa la rosa como si se tratara de una especie en extinción y sonríe, triunfal. Pilar la observa como si se la hubiera quitado de entre las costillas. Marc advierte el rostro descompuesto de Pilar, pero su misión es entregar la rosa, por la cual depende ya su relación. Se disculpa de nuevo y cuando emprende el camino, Pilar lo detiene sujetando con firmeza aquel brazo que antes acariciaba. Algo se ha despertado en ella: amor propio, rabia e indignación. Todo bien comprimido en aquel túnel. No sólo le detiene sino que también le arrebata la rosa, su rosa, porque aún tiene clavadas sus espinas en el pelo y porque puede pasar que nadie le regale una, pero no que se la quiten. Marc frunce el ceño y se acerca a ella, intimidándola. En realidad él está más asustado que ella. Extiende la mano y le pide educadamente que se la devuelva, sin éxito. Empiezan entonces los insultos. Un grupo numeroso de turistas japoneses se interponen entre ellos y el desconcierto inicial es aprovechado por Marc para, con un gesto rápido quitársela. Pero Pilar ha tenido bien cerrado el puño y de la rosa ya no queda más que un tallo verde en las manos de Marc. Pilar por su parte conserva un par de pétalos arrugados, que los deja caer, resignada. Marc tira también el tallo.

Los japoneses se alejan mientras hacen fotos de las rosas esparcidas. Marc y Pilar se miran, respiran con cierta calma, el túnel está ahora casi vacío, así también hay más espacio para la comprensión, para ver los deseos del otro. No se dicen nada, sólo reanudan la marcha, cada uno por su lado para salir por fin de aquel transbordo.

Estándar
Pablo Gerschuni

Receta#1: La patata tortillera

Me encanta que me corten en rodajas sobre una tabla porque ya sé cómo acabaré. Creo que no hay mejor final para mí, que frita y remojada con huevo en una gloriosa tortilla. Pero si veo que me cortan en cuadrados ya no me gusta tanto, porque lo más seguro es que acabe en forma de bravas o en algún wok mal cocida. A la patata le gusta morir en tortilla y no hay nada más que discutir. La muerte tiene que empezar en rodajas transversales, de unos cinco milímetros, perpendiculares al lado más corto de mi cuerpo; así me gusta que me descuarticen, y si es con un cuchillo afilado, me enamoro más. El aceite tiene que estar hirviendo, bien caliente, que si no me lo bebo todo y me quedo triste por no freírme como toca. Ya lo dijo Neruda: “Chisporrotea en el aceite hirviendo la alegría del mundo”. Me gusta rebañarme bien en aceite, hasta quedar blandita, fofa, pero frita. Ni requemada, como esas transgénicas del McDonald’s; ni cocidas, como las del puchero. Blanditas, como tienen que estar para una buena tortilla. Espero que cuando me saquen del baño de aceite hirviendo me tiren la sal en el momento, que me excita un montón. Me recuerda a cuando de semilla me tiraban abono. Además, así ya quedo salada para el resto de mi vida, porque si no hay sal en el cuerpo, vaya muermo de tortilla. Una tortilla sosa es como una vaca sin ubres. Ahora revelaré un secreto, me pone cerda imaginarme que caigo en una piscina de huevo batido, pero también tendría que tener sal porque si no, no tiene gracia. Creo que el camino hacia el clímax empezaría en ese momento, cuando mi tez medio frita por el aceite hirviendo se hidrate con la huevada batida. La intensa relación entre la patata y los huevos no es ninguna novedad, ya me contaba mi abuela sus andanzas con los huevos de antaño. Pero todo tiene un límite, y cuando ya no pueda más, que esté que me corra de tanta clara y yema juntas, será cuando necesitemos un shock de calor para seguir con la faena. El cuerpo pide un revolcón en la sartén hirviendo. Dios santo, que alivio cuando el huevo cambie de textura y me envuelva por todos lados, que me sostenga y me aguante. Me encanta que me inmovilicen, es una señal de que el revolcón va bien encaminado. Patata con huevo bien hidratada, patata inmovilizada, y patata inmovilizada, patata encantada. Y ya casi en la cumbre del orgasmo, que pongan la tapa y que la sartén se vuelva una sauna de vapor de huevos es lo mejor. Eso sí, a fuego lento, para que se me caliente el interior y los huevos me vayan atajando por dentro. Entonces llega el momento de que me den por el otro lado. Tapa, media vuelta y otra vez. La montaña rusa del placer. El fuego al máximo hará que se me fría rápidamente la capa exterior de huevo. Es una medida para prevenir la tortillitis, o más conocida como sequedad interior. Porque la tortilla, como muchas otras cosas en la vida, tiene que estar húmeda y chorreante. Donde hay jugo, hay vida, que si no, es un omelette. Vuelta a poner la tapa, media vuelta y al plato. Ver la cara con la que me miran los comensales mientras que estoy en un estado post cocida, no tiene precio. Es el mejor final que podría tener una patata. Que te coman con deseo es la cumbre del clímax, y de ahí en adelante, todo va cuesta abajo, pero da igual. Patata bien comida muere en buena despedida.

Estándar