Claudia Laborda

Transbordo

Como cada San Jordi, Marc compra in extremis las últimas rosas que le quedaban a la señora despeinada de la boca del metro. Llega tarde a la cena romántica con su novia, que lo está esperando con un libro que ella misma ha envuelto con esmero, como cada año. Marc corre por el largo pasillo del transbordo de Paseo de Gracia.

Pilar atraviesa tranquila el transbordo. No tiene prisa. Nadie le ha regalado una rosa, ni tan siquiera de las electrónicas que se envían por whatsapp. Cuenta las chicas con las que se va cruzando y llevan alegres o indiferentes una rosa. Se recrea en su tristeza escuchando a Ray Charles. Marc y Pilar caminan en sentido contrario y chocan violentamente a mitad del transbordo. Rosas aplastadas entre los dos cuerpos. Durante unos segundos hay silencio entre la multitud, que crea un espacio a su alrededor, pero nadie se detiene. Marc se disculpa repetidamente, Pilar sonríe tímida negando con la cabeza, hay algo en él que le gusta y el dolor en las costillas de aquel choque desaparece. Marc observa el desperdicio de rosas en el suelo, los transeúntes pisándolas… Nada que hacer. Mira a Pilar y sonríe. Ella también sonríe, y cree que ha surgido algo entre ellos. Marc observa el cabello de Pilar, que es rizado y rubio y acerca la mano. Pilar se sonroja y ladea la cabeza, tímida. Observa sus manos grandes y blancas, huele la colonia fresca. Le gusta. Marc estira con cuidado varios cabellos. Pilar se decide a dar un paso y acerca su mano hasta tocar su brazo, cariñosamente. Marc estira más del cabello de Pilar y desenreda una rosa. Marc observa la rosa como si se tratara de una especie en extinción y sonríe, triunfal. Pilar la observa como si se la hubiera quitado de entre las costillas. Marc advierte el rostro descompuesto de Pilar, pero su misión es entregar la rosa, por la cual depende ya su relación. Se disculpa de nuevo y cuando emprende el camino, Pilar lo detiene sujetando con firmeza aquel brazo que antes acariciaba. Algo se ha despertado en ella: amor propio, rabia e indignación. Todo bien comprimido en aquel túnel. No sólo le detiene sino que también le arrebata la rosa, su rosa, porque aún tiene clavadas sus espinas en el pelo y porque puede pasar que nadie le regale una, pero no que se la quiten. Marc frunce el ceño y se acerca a ella, intimidándola. En realidad él está más asustado que ella. Extiende la mano y le pide educadamente que se la devuelva, sin éxito. Empiezan entonces los insultos. Un grupo numeroso de turistas japoneses se interponen entre ellos y el desconcierto inicial es aprovechado por Marc para, con un gesto rápido quitársela. Pero Pilar ha tenido bien cerrado el puño y de la rosa ya no queda más que un tallo verde en las manos de Marc. Pilar por su parte conserva un par de pétalos arrugados, que los deja caer, resignada. Marc tira también el tallo.

Los japoneses se alejan mientras hacen fotos de las rosas esparcidas. Marc y Pilar se miran, respiran con cierta calma, el túnel está ahora casi vacío, así también hay más espacio para la comprensión, para ver los deseos del otro. No se dicen nada, sólo reanudan la marcha, cada uno por su lado para salir por fin de aquel transbordo.

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