Victoria Chauvell

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Fue una historia corta. Tan corta como se lee aquí. Resultó que el chaval era tonto no, lo siguiente. Todo pasó porque yo estaba sin un duro y me vi obligada a buscarme la vida para alquilar el cuarto de la lavadora que teníamos en la terracita llena de excrementos de paloma. El primer día se presentó con un pantalón corto de cuadros y unas gafas negras en la cabeza. Era guapo no, lo siguiente. Tenía unos labios grandes y besaba bien no, lo siguiente. Eso lo supe el segundo día porque le dio por beber y cuando ya no veía ni su propio ego más grande incluso que su boca, se me tiró al cuello para cinco minutos después arrepentirse de lo que acababa de hacer. ‘No puedo, estoy enamorado de otra’, me dijo. Y yo lo miré y le dije, a mí que me cuentas de tus movidas y él se levantó con el rabo entre las piernas y yo me levanté todavía más que su ego porque supe que después de todo esa noche dormiría acompañado del sonido de mis bragas dando vueltas en el tambor de la máquina de lavar.

Fin

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Pablo Gerschuni

Orquesta en sí menor

Estaba oscuro, la única luz que había era la de la pantalla del proyector y la del móvil que tenía entre las manos. Sentía un leve dolor de cabeza, tan efímero como el ruido de los coches que pasaban de vez en cuando por la calle. Era una gran avenida, pero a esas horas infames nadie tenía el coraje de conducir por ahí, ¿para qué? Si total, en ese barrio no había nada. La última tienda que cerraba era el supermercado chino frente a su casa que acababa la jornada a las 23:45. De vez en cuando pasaba algún borracho gritando y hablando con los portales. Pero eso era cosa rara, y por lo mismo, cuando sucedía, todas las Antonias salían a sus respectivos balcones a cotillear en salto de cama.

Los coches pasaban a cuenta gotas, casi al ritmo de su dolor de cabeza. Oía el crujir de las hojas del árbol que daba justo a su balcón, porque esa noche el viento soplaba con enfado. Su novio también lo hacía, y por su nariz salía la grave melodía de un ronquido espeluznante. La cabeza le retumbaba cual caja de resonancia y, seguramente, el ruido que provocaba su interior se expandía con mayor facilidad, gracias a sus orejas prominentes que amplificaban ese tosco sonido. No sabía por qué, pero de un tiempo a esta parte, su novio había cogido la manía de roncar por las noches. Como con el dolor de cabeza, que si no piensas que lo tienes no te das cuenta, le pasaba con el ronquido que dormía al lado suyo. Intentar no pensar en esa fuerte respiración impertinente era todo un ejercicio de concentración. Creía que ya había descubierto la técnica y, sin embargo, siempre pasaba algo que le hacía descubrir otro punto a tener en cuenta. Dejar de pensar en algo a propósito era difícil, porque por más que intentara evitarlo, más se empecinaba en analizarlo.

Cerró los ojos para tratar de pensar en cómo decirle que la serie se había acabado y que ya era hora de ir a la cama, sin que se enfadara, claro, porque moverlo del sofá una vez dormido era faena de titanes. Entonces le picó el muslo, le había estado picando todo el día y por más que se rascara el picor no se iba. Otra cosa más en la que no pensar. Volvió a cerrar los ojos para no pensar en nada. Entonces descubrió los sonidos de su alrededor. Después de dos minutos ya sabía a qué distancia estaban las cosas que hacían ruido, incluso descubrió un ruido constante que había estado ignorando: el zumbido del proyector invadía todo el espectro de la frecuencia del silencio, palabra que, a propósito, representa una de las grandes mentiras del idioma.

Ese ruido era la base de la melodía urbana que las circunstancias le estaban tocando. El novio dejó de roncar para dar inicio a una fatídica ópera. Luego de una redonda de silencio, entró su ronquido justo con la moto estridente que empezaba a pasar por ahí. El tempo fue perfecto, en el momento exacto en que el motor de 50cc, por el efecto Doppler, se oía en su tono más agudo. La orquesta había empezado y el ronquido marcaba el compás. El viento azotó las hojas tan fuerte que dio la entrada al puente de la canción, en el que pasaron cinco coches a la vez. Con el segundo, el ronquido cesó. Después de un silencio, volvió a empezar con el último. Un gato corrió raudo y veloz a afilarse las uñas en el rascador y al mismo tiempo se empezó a acercar una ambulancia. La respiración se detuvo y sólo se oía la ambulancia alejarse con la base del zumbido del proyector. Un estribillo muy pegadizo.

Alzó la cabeza para oír, desde otro ángulo, si seguía sonando la melodía, pero parecía haberse acabado. Una pieza incompleta que acababa en un estribillo entretenido. Resignado tal descalabro, abrió los ojos y vio el último fotograma de la serie de mierda que habían visto, en el que irónicamente estaba impreso en letras blancas el subtítulo «sobrevivir». ¿Se había vuelto loco? De pronto la melodía infernal volvió de sopetón, esta vez el ronquido había cambiado de frecuencia y era insoportable. El bombeo de la sangre a su cabeza hacía un ruido que marcaba el ritmo en sus oídos. No sabía por qué, pero el tráfico se había agitado. Todo parecía ir in crescendo y no se atrevía a cerrar los ojos por miedo a que le implosionara la cabeza. No sabía qué hacer. Miró a punto fijo y con la boca cerrada se puso a gritar hacia adentro. De esa manera destruyó la insoportable melodía que envolvía su entorno. No dejó de gritar hasta que cayó en el abismo. Aun teniendo un concierto de ruidos a su alrededor y un dolor de cabeza punzante, logró conciliar el sueño y salir victorioso. Mañana sería otro día y otra aventura. Tal y como ese fotograma pixelado, había sobrevivido.

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