Victoria Chauvell

Una camiseta del 96

Ahí estaba él. Llevaba una camiseta de Peñíscola y se comía una magdalena dejando una miga colgando de su barba. Un acto que ella recordaba de todas las mañanas durante las que habían desayunado juntos esos 23 años. Ahora faltaban casi dos para sus bodas de plata que, por otro lado, y puesto que la tía Conchita había enfermado, no tenían pensado celebrar. De todos modos, qué más daba. De un tiempo a esta parte todo se había ido al garete, sin ni siquiera saber qué era el garete ni si estaba lejos de casa. La camiseta de Peñíscola le hizo pensar en aquel viaje programado por la Eusebia para que ellos pudieran fabricar un hijo tranquilos, sin tener que ahogar los gemidos en la almohada para que la suegra de ella no la tomara por una ligera de cascos cualquiera.

Pero hijos no tuvieron ninguno. Ella delante de él se echó siempre todas las culpas de tal infortunio. Aunque en el fondo de sus ovarios sabía que la culpa era de él. Porque él había empezado a fumar a los 15 y a beberse los culos del carajillo del yayo mucho antes incluso de que ella naciera. La culpa tenía que ser de él, pensaba ella mirando la miga, que no comía tomate y que el pepino le sabía amargo; que los domingos volvía a casa abriendo paredes en vez de puertas. La Pilarín de la panadería todavía se acuerda del día en que confundió la estantería de las tortas de cabello de ángel con la puerta, y tiró de ella que por poco no chafa a la Remedios que estaba sentada en la mecedora jugando con el dedo gordo artrítico de su mano derecha llena de venas azules.

La culpa era de él, porque de ella no podía ser que nunca se lavó cuando tenía el periodo, nunca se lavó ni habló mal de nadie, más que de la Paca, pero lo de la Paca fue una excepción de la que no tenemos ganas de hablar.

El tema central de esta historia, es que ahora él estaba ahí delante de ella comiéndose una magdalena como quien se come cualquier otra cosa y ella sintió asco, porque supo que no podría olvidar lo de los carajillos hasta que el tiempo incinerara su memoria y con ella el hecho mismo de que tales acontecimientos hubieran ocurrido.

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