Pablo Gerschuni

Volodia una tarde de verano

“Hola, ¿qué tal? ¡Tanto tiempo!”, le digo, cometiendo un error. A lo que contesta: “Sí, tío, mogollón. Qué calor. ¡Qué blanco que estás! ¿No has ido a la playa?”. Le contesto que no, porque el color de mi piel me delata. Ya lo he asumido, este verano no podré disfrutar del sol. Nunca me ha gustado mucho, pero sé que es una convención social y hay que aceptarla, además, hasta cierto punto, es sano. Ahora, que use mi color desteñido para introducir su “pues yo me voy a poner súper morena, mañana me voy a las Bermudas de vacaciones con mi novio, ¡qué guay!”, lo encuentro inapropiado. Mis ojos no mienten, pero de mi boca sale un “qué guay” y empiezo a preparar la lengua para articular la siguiente respuesta programada. “No, yo no me iré a ninguna parte de vacaciones”. Un par de ojos como platos me empiezan a mirar confundidos. Suerte que es por trabajo y parecen respetarlo, porque si no, pasas a ser el bicho raro, huraño, inadaptado que no sabe disfrutar. Mira, cada vez que vaya al supermercado, cada vez que me separe del ordenador y cada vez que haga una pausa, esas serán mis vacaciones. Pero me da igual. Por dentro sufro, pero me encanta mi trabajo, y si no hago vacaciones, es porque no quiero. Y, sinceramente, que te vayas a las Bahamas, a Lloret o a tu puto pueblo, me la suda. Pero claro, eso lo pienso, eso no queda bien decirlo, y menos si te has encontrado con alguien por la calle y tienes que mantener una conversación vacía y llena de lugares comunes. Además te tacharían de resentido. No, no es eso, es que odio que me hagan preguntas con la intención de darme información que no me interesa. Si quieres contarme algo, cuéntamelo y punto. Seguramente así perdamos menos el tiempo.

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Claudia Laborda

El jarrón de flores

Se supone que rompes con alguien y sientes alivio, decía Inés. Marina escuchaba al otro lado del teléfono sin abrir la boca, esperaba a que su amiga le ordenara qué hacer. Entonces hubo un silencio que precedió a lo que parecía un llanto. Marina le dijo que respirara hondo y que enseguida estaba allí. De camino, se preguntaba si debía dejarla hablar como era de costumbre hasta que Inés encontrara la respuesta por sí misma, o por una vez intentara lanzarle algún consejo.

Inés había dejado a Alex después de seis años juntos. Las primeras horas estuvo relajada, con la mente clara, incluso había dejado las flores que él le había regalado en su último intento por recuperarla. Inés no quería culpar a las flores de todo aquello, además eran sus preferidas, y eran perfectas para el comedor. Las había recortado en su tallo para ponerlas en un jarrón de cristal. Horas después pensaba en meter la cabeza en aquel jarrón y pudrir las flores con su propio cuerpo muerto.

“No divagues. Focaliza, Inés. Dime qué es lo que te preocupa”. Marina decidió utilizar frases propias de su madre, ladeando la cabeza para dar más peso a sus palabras, agarrando sus manos con decisión. A mi madre se le da mejor, se decía, preocupada. Inés absorbía como el azúcar aquellos gestos y frases de manual, una montaña rusa que iba de la euforia a la desesperación. “Has sido muy valiente. Has hecho lo más difícil”, terminaba Marina. Pero Inés estaba convencida de ser una cobarde desde que decidió seguir tres años más con Alex. Tres años me sobraron, repetía. Tres años con alguien con quien se le secaba la boca al besarle.

Marina no la reconocía. La perfecta Inés era un conjunto de trozos de arcilla que ardían apilados entre sus manos. Inés totalmente descompuesta. Se asustó, no sólo porque no la reconocía, sino también porque empezó a sentir toda aquella angustia en las manos que apretaba. Aquello ¡Y Inés no daba con la respuesta! Y a ella ya no se le ocurrían más frases de su madre. Marina quería salir corriendo. Se levantó y observó el jarrón con las flores, recordó lo que Inés había dicho de ellas. Agarró el jarrón con una sola mano arqueando el cuerpo como si se tratara de una atleta lanzadora de pesos, y lo estampó con todas sus fuerzas contra la pared. Inés no dijo nada, parecía seguir atrapada en aquel momento de impacto, como en un mantra. Después empezó a reír, no se sabe aún por qué, pero no podía parar, se trataba de ése tipo de carcajada profunda, como si hubiera sido guardada toda la vida, tan ridícula y exagerada que parecía fingida. Sonaban a estruendos de cristal y olían a flores frescas. Inés se dejó caer en el sofá, rodeando su barriga con sus brazos, retorciéndose de dolor, moldeándose de nuevo el cuerpo de arcilla. Marina mientras tanto recogía el destrozo, una tímida sonrisa de triunfo en su rostro, su cuerpo moviéndose ágil, seguro entre los cristales.

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