Claudia Laborda

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Claudia Laborda

La desaparecida

Manel volvió a sentarse en el sofá y esperó a que contestara a su whatssap. Nada. Intentó trabajar un poco, pero no podía apartar la vista del móvil. ¿Por qué no contestaba? Dejó de trabajar y pasó a mirar el Facebook de ella, no había ninguna información relevante. De ahí pasó a los amigos de ella, buscando, buscando. Nada. Sumido en la desesperación, empezó a mirar a sus amigos de la infancia: casados, padres de uno, dos, ¿tres? Miró a su alrededor, no tenía más que un cuartucho en el barrio gótico, compartiendo piso con dos guiris. Sintió lástima de su persona. Siguió husmeando, incansable. No podía parar de ir de uno a otro, sintiéndose cada vez más desgraciado, siendo consciente de su desgracia y patetismo pero aún así sin poder detenerse, como un drogadicto en sus últimos días. Sonó el whatssap, sonó de verdad (muchas veces creyó oírlo pero todo estaba en su cabeza), pero era su madre y aquella alegría se transformó en rabia. Salió de casa, se cruzó con aquella mujer que hablaba sola todo el tiempo y pensó que al fin y al cabo él no estaba tan mal. Envió otro whatssap lastimero. Nada. Se habría quedado sin batería, estaría ocupada, le habría pasado algo, se habría muerto algún familiar, se habría muerto ella… Y así hasta el infinito. Por la noche salió por aquel bar donde ella siempre se dejaba ver. Estaban sus amigos, pero ella no. Se acercó a ellos y les preguntó sin rodeos. Llevaba todo el día pensando en ella y ya no tenía paciencia para hacer un papel de desinteresado. Nadie le dio información, parecía que le escondían algo porque se sonreían, burlones. Manel no entendía nada. Se quedó un rato con ellos, él tan cabezota que era. Empezó a beber. Cuando bebía se volvía gracioso y cariñoso. De repente la amiga de la desaparecida le daba señales inequívocas de interés. Follaron como animales primero en un rincón de una calle oscura, luego en el portal. Ella estaba borracha y no paraba de decir tonterías. Era muy pesada. Él no paraba de preguntarle por su amiga. También era muy pesado. Consiguió sonsacarle dónde estaba y el por qué de su ausencia. Luego ella decidió marcharse antes de entrar en su piso, no le apetecía dormir con él y estaba cansada. Manel intentó convencerla pero tampoco mucho. Por la mañana no recordaba nada, luego sí recordó a la amiga, metiéndole la mano entre la falda cuando pasaba un tipo en pijama paseando al perro. Pero había algo más, la chica le contó dónde estaba su desaparecida, pero era incapaz de recordarlo. Intentó no pensar en nada, a ver si de ésa forma le venía algo a la mente, pero el alcohol había hecho muy bien su trabajo. Decidió llamar a la amiga. Le mintió diciéndole que se lo había pasado muy bien y que quería volver a verla. Tuvo que volver a follar con ella para no parecer demasiado interesado. Se lo pasó realmente bien y repitieron hasta perder la cuenta. Ella no quiso quedarse a dormir, le confesó que le incomodaba mucho todo el paripé de las mañanas, pero que no se lo tomase a mal, que le gustaba mucho y quería volver a verle. De nuevo solo, se dio cuenta de que no le había preguntado por su desaparecida. ¿Cómo se podía ser tan imbécil? Se dijo. Pasaron los días y Manel volvió a quedar con la amiga, que se llamaba Rosa. Todo parecía cada vez más normal, más natural: follar, hablar, reírse. Manel se había olvidado de la desaparecida. Rosa entonces le explicó que su amiga estaba en Tailandia, el tema salió sin querer, como cualquier otro tema, sin importancia. Volvía en unos días. La desaparecida ya era como un sueño, perfecta, irreal, que quizás no hubiera existido nunca. Rosa se desdibuja mientras tanto. La desaparecida llamó a Manel nada más volver y quedaron. Follaron. Luego ella le dijo que había conocido a alguien y que no podían seguir viéndose. Manel no entendía nada, estaba hecho un asco, otra vez. Ella volvió a desaparecer, y no supo mucho más de lo que cualquier otro podría saber por las redes sociales. En realidad no sabía bien bien por qué le gustaba tanto, con ella siempre tenía la sensación de echarla de menos, de quedarse algo huérfano o desvalido, y lo odiaba. Rosa no quiso volver a ver a Manel, no estaba enfadada pero le incomodaba toda la situación y el papel que en ésa historia tenía. Manel se quedó solo, otra vez, pensando en la desaparecida.

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Sam Simon

Gift of Gabo

The rain fell for nearly nine decades, then one day, it stopped. Nobody remembers the day when it first started and anyone who tells you otherwise is lying. They’ll tell you they were there, that they forecasted its grandeur, that they felt the first drops. In truth the blanket effect of the rain was felt throughout the world, but that’s not where it started. The light mist was wiped off furrowed brows and stone blocks before gathering into droplets, falling, and mixing with the clays of Macondo. The water carved out red passageways that flowed like veins away from their heart. The destruction of the storm was absent as lightning burned no trees, thunder rattled no windows, and floods ravaged no towns. Instead the veins gathered mass and momentum and as they grew they forged bridges and passageways that normally flowed the other direction; if they flowed at all. By the time the rains had reached their fourth decade the storm was known throughout the world. By the time it stopped raining its eminence was unquestioned. An empty cloud leaves behind a deep river. While the farmers can no longer rely on the rainfall for their crops they can depend on its rivers for lifetimes to come, with profound tributaries to continue its legacy. Generations were born, aged, and died without knowing an empty sky. Now future generations live with the ability to reap its benefits and the knowledge that a storm doesn’t end when he should but when he can.

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Victoria Gonzalez-Figueras

Memorias de Groch

Dadas varias y diversas variables y consecuencias nos encontramos en 2009 con un grupo bien bonito. Éramos variopintos y divertidos. Pablo, que siempre quiso, pero nunca pudo quedarse afónico; es mi conexión con el mundo exterior, el mundo real. Donde puedes meter la mano en sacos de grano en los mercados, donde celebras el año nuevo viendo a un hombre inmovilizado por cinco policías, donde se roba azúcar de las cafeterías. Pablo está haciendo pinitos vendiendo su cuerpo e imagen a focos, objetivos y ojos ajenos. Pero es una manera tan digna como cualquier otra de pagarse el piso. Pablo canta. A veces desafina y nos enseña canciones que no están maduras aún. Como dice Gerard, Dice que tiene que madurar (la canción).

*

En la ciudad, no podemos parar de contar los días que faltan para guardar el abrigo y enseñar los culos. Phil estuvo bastante acertado en decir que faltaban unas semanas más. Hay que respetarlo con fervor cristiano.
Aún así, no estamos del todo mal. Compramos fruta para hacer zumos y nos cuidamos. El día que pueda dormir sin nórdico seré feliz. El que lo tiene peor es Osco, que se ve la propia respiración, como si fuera Siberia. Hace mucho que no sabemos nada de nuestros amigos, pero la vuelta al cole será buena para relaciones sociales de todo tipo.

*

Es posible que acabáramos reunidos buscando algo nuevo. No necesariamente cosas inauditas pero necesitábamos conocer más y sabíamos que juntos llegaríamos a esa meta.
Tal y como anillos en la ciudad de Moscú, fuimos aumentando y delegando a más personas y conocimientos. Era divertido, saber que teníamos compañía. Nos teníamos los unos a los otros.
El verano siempre es la época mejor. Y este no fue menos. Hicimos muchas fiestas en nuestra casa de Groch. Nunca necesitamos de más gente. De hecho, no nos gustaba tener a gente desconocida. En parte nos animaban pero por otro lado siempre acabábamos quedándonos solos. No hay problema.
Había música, baile, canto y risa. Luego llegó la vuelta al cole. Cada uno se sumió en sus quehaceres, que no eran pocos. Es el último año de universidad. André se instaló en Barcelona, pero no fue hasta mucho más tarde que encontró un lugar para él, con un piano de cola en el hall.

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Victoria ya acabó la carrera y entró a trabajar haciendo encuestas. Creo que no lo gustaba mucho.
Nos pasamos todo el invierno viéndonos cada jueves en Bailén, en el trivial. ¡No sabíamos nada! Nada de nada. A mí me dejó de gustar cuando tardaron media hora en traerme un sándwich de jamón. ¡Inútiles!
Esas noches las recuerdo largas, sucias y con mucho humo. Además siempre nos hacían sentar en el suelo.

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