Guerau de la O

Fariseo

El final estaba siendo, como mínimo, frustrante. Retar a Dios es muy arriesgado y normalmente decepcionante. En el espigón del puerto de Cambrils el agua estaba helada, cosa que era de esperar a finales de febrero. A Rosend Cotonat le estaba pasando la vida por delante de los ojos en cuestión de segundos. Más que por tópico, por lo aburridísima que había llegado a ser. Y era ahora cuando él se daba cuenta. Las pocas imágenes que resumían su existencia hubiesen podido repetirse sin cesar una y otra vez. Eso le decepcionaba aún más. Retaba a Dios para que le demostrara su amor infinito, y del agua no lo sacaba ni Cristo. Se cagaba en la mar, literalmente, y en la virgen, por abandono. Eso de adorar a una mujer jurando voto de castidad, se le suponía una broma de mal gusto.

El agua lo embestía sin orden ni concierto, arremetiéndole contra las rocas y provocándole un dolor blando en las rodillas que le subía hasta el espinazo. Intentaba llorar, pero no lo había hecho en su vida y ante el temor que se le hubiera cerrado el lagrimal, culpaba a sus padres por haberle mal guiado hacia una vida que ni quería, ni le gustaba y, a la vista estaba, no aprovechó. Fue el quinto de seis hermanos, en un pueblo perdido del Pirineo, rodeado de cabras, cerdos y gallinas. Como mandaba la tradición, no tardaron en internarlo en un seminario. A los once años dejaba las montañas para incorporarse a la legión de la iglesia. Cambió el frío de las heladas hibernales, por la humedad de los dormitorios comunales. Ahí empezó todo y así acabó en el Cementerio de los elefantes, que era como llamaban en petit comité el resto de hermanos a la Casa del Retiro de Cambrils. De su pueblo natal sólo se llevó el mal humor de su padre, el conformismo de su madre y el odio a la resignación. Un triangular cimiento desde el que erigió su personalidad y lo convirtió en estandarte de su actitud. Odiado por muchos, despreciado por bastantes y arropado por interesados, cambió el tópico de la misa por la sotana de la docencia. La escuela de La Salle se le suponía un remedio a la desdicha, aunque resultó un simple parche al paracaídas de la inexorable caída libre hacia la decepción. Ni le gustaba explicar cosas, ni se realizaba enseñando, ni le gustaban los niños y mucho menos las niñas. No tenía vocación, estaba claro; y eso le importaba un pimiento, más claro aún.

Pronto le asignaron tareas fuera del aula. Organizaba horarios, cuadraba actividades, distribuía espacios… Cualquier cosa que le mantuviese alejado de sus compañeros de celibato, a los que consideraba gilipollas a algunos, por su ferviente dedicación, y competencia a otros, por su oportunismo. Así pasaban los años, monótonos, repetitivos y constantes. Como un loro, repetía las pautas clericales inducidas en lo más profundo de su cerebro, sin titubeos ni cuestiones. Como un autómata recitaba los salmos que hicieran falta, las oraciones que se necesitaran y las reprimendas oportunistas con trasfondo evangélico que se terciasen. Era un artista de lo cristiano y una enciclopedia de lo sacro, pero como un sepulcro blanqueado por fuera y lleno de podredumbre en su interior, odiaba y despreciaba cualquier cosa que le aconteciera en su vida, por lo que deducía hoy, aburridísima.

Así decidió acabar, poniendo a prueba al Señor. Sin planes ni oraciones, sin estrategias ni peticiones. De golpe, a saco y a traición. Como prueba. A ver si realmente su vida había tenido sentido alguno y que se le demostrara, por partida doble, el amor que merecía y si el Señor estaba pendiente de él. A la vista de la situación empezó a dudar de la omnipresencia, que eso de que estaba en todas partes no era verdad, que debía estar, si acaso, en algunas y que, tardando tanto, no debía ser en la suya. La ropa mojada y los zapatos le arrastraban hacia el fondo y cada vez le costaba más reconocer la superficie del agua. Esperaba ver una luz blanca, un túnel y una puerta dorada, y solamente sintió un colapso mental, un “tilt” de pinball ochentero. Pensó  en su epitafio y no encontró nada por lo que le pudieran recordar. Ningún acto digno de mención en la memoria escolar de ese año le venía a la cabeza. Su existencia no había dejado rastro ni para bien ni para mal. El desengaño terminó sumándose a la mala suerte de su itinerario vital, concluyendo, como desafortunada moraleja, una existencia totalmente inútil.

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