Victoria Gonzalez-Figueras

Memorias de Groch II

Se conoce que la física cuántica tiene respuestas para todo. Aunque anhele yo un espectacular despliegue de emociones armadas, no sabría decir si sería capaz de pensar que la ciencia me lo solucionaría. Tampoco lo diría; lo del despliegue. Yo en la cuántica creo. Me parece bastante honesto lo de ser una ciencia pero admitir no tener nada claro y depender de las posibilidades ajenas. Todos deberíamos hacerlo.

*

He perdido la oportunidad de decirte a la cara que me voy, que después de cuatro años de habernos separado, de haberte dejado, me voy. En el tren dudaba, quería ir a buscarte pero no lo hice y no sé por qué. Quizás tú también tenías cosas para contarme. Ahora sé que no te voy a ver más.

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Claudia Laborda

La desaparecida

Manel volvió a sentarse en el sofá y esperó a que contestara a su whatssap. Nada. Intentó trabajar un poco, pero no podía apartar la vista del móvil. ¿Por qué no contestaba? Dejó de trabajar y pasó a mirar el Facebook de ella, no había ninguna información relevante. De ahí pasó a los amigos de ella, buscando, buscando. Nada. Sumido en la desesperación, empezó a mirar a sus amigos de la infancia: casados, padres de uno, dos, ¿tres? Miró a su alrededor, no tenía más que un cuartucho en el barrio gótico, compartiendo piso con dos guiris. Sintió lástima de su persona. Siguió husmeando, incansable. No podía parar de ir de uno a otro, sintiéndose cada vez más desgraciado, siendo consciente de su desgracia y patetismo pero aún así sin poder detenerse, como un drogadicto en sus últimos días. Sonó el whatssap, sonó de verdad (muchas veces creyó oírlo pero todo estaba en su cabeza), pero era su madre y aquella alegría se transformó en rabia. Salió de casa, se cruzó con aquella mujer que hablaba sola todo el tiempo y pensó que al fin y al cabo él no estaba tan mal. Envió otro whatssap lastimero. Nada. Se habría quedado sin batería, estaría ocupada, le habría pasado algo, se habría muerto algún familiar, se habría muerto ella… Y así hasta el infinito. Por la noche salió por aquel bar donde ella siempre se dejaba ver. Estaban sus amigos, pero ella no. Se acercó a ellos y les preguntó sin rodeos. Llevaba todo el día pensando en ella y ya no tenía paciencia para hacer un papel de desinteresado. Nadie le dio información, parecía que le escondían algo porque se sonreían, burlones. Manel no entendía nada. Se quedó un rato con ellos, él tan cabezota que era. Empezó a beber. Cuando bebía se volvía gracioso y cariñoso. De repente la amiga de la desaparecida le daba señales inequívocas de interés. Follaron como animales primero en un rincón de una calle oscura, luego en el portal. Ella estaba borracha y no paraba de decir tonterías. Era muy pesada. Él no paraba de preguntarle por su amiga. También era muy pesado. Consiguió sonsacarle dónde estaba y el por qué de su ausencia. Luego ella decidió marcharse antes de entrar en su piso, no le apetecía dormir con él y estaba cansada. Manel intentó convencerla pero tampoco mucho. Por la mañana no recordaba nada, luego sí recordó a la amiga, metiéndole la mano entre la falda cuando pasaba un tipo en pijama paseando al perro. Pero había algo más, la chica le contó dónde estaba su desaparecida, pero era incapaz de recordarlo. Intentó no pensar en nada, a ver si de ésa forma le venía algo a la mente, pero el alcohol había hecho muy bien su trabajo. Decidió llamar a la amiga. Le mintió diciéndole que se lo había pasado muy bien y que quería volver a verla. Tuvo que volver a follar con ella para no parecer demasiado interesado. Se lo pasó realmente bien y repitieron hasta perder la cuenta. Ella no quiso quedarse a dormir, le confesó que le incomodaba mucho todo el paripé de las mañanas, pero que no se lo tomase a mal, que le gustaba mucho y quería volver a verle. De nuevo solo, se dio cuenta de que no le había preguntado por su desaparecida. ¿Cómo se podía ser tan imbécil? Se dijo. Pasaron los días y Manel volvió a quedar con la amiga, que se llamaba Rosa. Todo parecía cada vez más normal, más natural: follar, hablar, reírse. Manel se había olvidado de la desaparecida. Rosa entonces le explicó que su amiga estaba en Tailandia, el tema salió sin querer, como cualquier otro tema, sin importancia. Volvía en unos días. La desaparecida ya era como un sueño, perfecta, irreal, que quizás no hubiera existido nunca. Rosa se desdibuja mientras tanto. La desaparecida llamó a Manel nada más volver y quedaron. Follaron. Luego ella le dijo que había conocido a alguien y que no podían seguir viéndose. Manel no entendía nada, estaba hecho un asco, otra vez. Ella volvió a desaparecer, y no supo mucho más de lo que cualquier otro podría saber por las redes sociales. En realidad no sabía bien bien por qué le gustaba tanto, con ella siempre tenía la sensación de echarla de menos, de quedarse algo huérfano o desvalido, y lo odiaba. Rosa no quiso volver a ver a Manel, no estaba enfadada pero le incomodaba toda la situación y el papel que en ésa historia tenía. Manel se quedó solo, otra vez, pensando en la desaparecida.

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Pablo Gerschuni

Un minuto y dieciséis segundos

Pedro alzó la mirada. «Proper tren 01:19». Era el momento. Esta vez no podía dejar escapar la oportunidad, lo había ensayado mucho. Todo estaba cronometrado, menos sus nervios. Miró hacia las vías para disimularlos, pero ya había llegado la hora. «01:16». Clavó sus ojos en los de Marc y desató el nudo que le apretaba la garganta:

–No te creo nada, nada de nada. Antes me has dicho todo eso para que en realidad pensara que aún no me has olvidado. Quizá porque necesitabas demostrármelo. Y es que, con las cosas que te he dicho durante todos estos meses. Pero es que todo eso no era verdad. Tal vez tus palabras ahora tampoco lo hayan sido. Me parece que no te das cuenta de que yo sé que esperas que me las crea sólo para mantener la esperanza con vida, aunque sepas que no ya no tiene sentido. Sé que quieres mantenerla, aunque solo sea por necesitar que yo piense que estarás ahí para salvarme, para sentirte importante en la vida de alguien. Pero los dos sabemos que es una gran mentira. Lo es desde el momento en que nos dijimos adiós. Lo nuestro nunca ha pasado la frontera del deseo, ni cuando estábamos juntos. No te creo, ya no te creo. No puedo pensar que estarás ahí. Me doy cuenta de que lo dices para quedar bien. Pero me da igual, no nos engañemos, que ya estoy harto de fingir. Que sepas que tu camiseta la regalé, los calcetines los perdí en un viaje y tus cartas las reciclé. El otro día vi que hiciste lo mismo con mis recuerdos. Lo sé. Por eso no te creo cuando me dices esas cosas, porque estás haciendo exactamente lo que yo he estado haciendo contigo. Sé lo que pretendes y no estoy dispuesto a darnos otra oportunidad, así que cortemos esto de raíz. Adiós.

Las puertas del metro habían dejado de pitar y ya empezaban a cerrarse. Pedro pestañeó y rápidamente se abalanzó hacia el interior del vagón. La puerta se cerró tras él rozando su melena, que apoyada contra el vidrio no se movió hasta la próxima estación. Marc se quedó perplejo, solo, de pie en el andén, viendo el metro alejarse en dirección Fondo, sabiendo que con él, se iba el que podría haber sido el amor de su vida.

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